Armas de fuego

"Durante los años que viví como embajador en los Estados Unidos me encontré repetidamente con la realidad de que las armas de fuego forman parte del paisaje cotidiano."
Jorge Dezcallar 02/09/2014

Si el otro día era una preciosa niña abandonada en una patera, hoy llama mi atención la noticia de una cría de nueve años que ha matado sin querer a su instructor de tiro cuando se entrenaba en el manejo de un subfusil ametrallador. El accidente se produjo cuando se pasó a la modalidad de disparo en ráfagas y la pequeña no fue capaz de controlar el retroceso del arma, que se giró mientras seguía disparando y una bala alcanzó a su instructor en la cabeza, matándole de forma instantánea. Supongo que siguió disparando hasta que se vació el cargador, la niña soltó el gatillo o el arma se escapó literalmente de unas manos demasiado pequeñas y débiles para dominar su potencia. Da la impresión de que las metralletas no se deben poner en manos de niños de nueve años.

Mientras, los memos de los padres de la criatura, que supongo miembros de honor de la poderosa Asociación del Rifle, filmaban la escena como si fuera una fiesta infantil con piñata incluida, igual que habrían hecho en ocasiones anteriores cuando su pequeña se iniciaba con armas más sencillas como la pistola o el revólver, y luego mostrarían con orgullo a vecinos y amigos los progresos de su hija con las armas de fuego. Sospecho que tras lo ocurrido estarán menos satisfechos de la forma con que su niña maneja las armas.

Sé muy bien que el ser una tierra de libertad en medio de la opresión religiosa de la Europa del siglo XVII y estar rodeados de indios poco amistosos (hasta que no quedó ninguno) hicieron que todo el mundo fuera allí armado y la tendencia se reforzó durante la colonización del salvaje Oeste, igual que también hoy van armados los garimpeiros brasileños que buscan oro en lo que es la nueva frontera del oeste americano. En un país sin ley había que saber defenderse, pero eso era antes de que la NSA supiera todo lo que hacemos y pensamos, o una policía particularmente brutal y autoritaria amenazara a los negros en Missouri con armas desechadas por el ejército tras regresar de Irak. Hoy el derecho a portar armas está reconocido en la Constitución (segunda enmienda) y cuidado con el político que se atreva a tratar de limitarlo pues moviliza a lobbies muy poderosos que acaban aplastándole.

Durante los años que viví como embajador en los Estados Unidos me encontré repetidamente con la realidad de que las armas de fuego forman parte del paisaje cotidiano. Cuando el director de la National Gallery of Art invitó a mi mujer y a otras señoras de la sociedad washingtoniana (ella era la única extranjera) a una "visita especial" al museo, ella pensó que les iba a enseñar las zonas de almacenaje y restauración, normalmente fuera del alcance del público, o que les iba a dar la primicia de alguna joya de reciente adquisición... Nada de eso, les dio una vuelta rápida por el museo y luego les enseñó una galería de tiro que se halla en el piso superior, bien insonorizada y al alcance de pocas personas. Como muestra de aprecio muy especial ofreció a las señoras invitadas (todas muy pijas) la posibilidad de disparar y para asombro de mi mujer todas sin excepción aceptaron y se desenvolvieron con las armas con la mayor naturalidad del mundo, se veía que estaban acostumbradas a su uso.

En una gasolinera de un pequeño pueblo de West Virginia vi un letrero que urgía a los parroquianos a no sacar sus armas del vehículo mientras repostaban pues algunos debían hacerlo. Tengo la foto. También se prohibe llevarlas a la vista en algunos parques o ciudades. En otra ocasión asistí a una imponente feria de armas de fuego en el gigantesco centro de exposiciones de Chantilly, próximo a la capital. La entrada costaba diez dólares y hube de hacer cola durante más de media hora, en medio de un frío pelón, por el gentío que se acumulaba frente a la puerta. Dentro, el inmenso espacio se dividía en pasillos flanqueados por mesas y paneles con todo lo que uno pueda imaginar, desde revólveres a rifles y metralletas de esas de enorme tambor redondo. El paraíso de Rambo. Los precios iban desde unos 200 dólares por una pistola decente a mil y pico por las armas más grandes. Pensé que como extranjero no me venderían, pero cuando fingí interesarme por un revólver que me pareció bonito el vendedor solo me pidió mi permiso de conducir pues en EE UU no hay DNI. De un certificado de buena conducta o de mínimo equilibrio mental ni se habló. No compré porque no pensaba hacerlo y porque además me humilló otro comprador que al ver mi interés por esa arma la elogió sin ambages para acabar confesándome que se la había regalado a su mujer, que la llevaba siempre en el bolso (!).

Es una sociedad armada, desde los niños como el que me ha sugerido estas líneas, hasta las ancianitas de inocente apariencia. No digamos ya los criminales o los desequilibrados, que también los hay y que no tienen problemas para adquirir verdaderos arsenales de armas no ya de defensa sino de asalto. Luego pasa lo que pasa y cada poco tiempo nos horrorizamos con una matanza en un colegio, los políticos hacen declaraciones diciendo que hay que hacer algo y luego todo sigue igual... hasta la siguiente matanza. Es un escenario absurdo ante el que habría que luchar en lugar de resignarse.

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