Carta a los Reyes Magos

"Necesitamos una regeneración democrática de nuestra vida pública, una división de poderes donde el Gobierno gobierne, el legislativo controle (y no sea una mera correa de transmisión de las órdenes del ejecutivo de turno) y dónde el judicial administre justicia con rapidez y no esté politizado o utilizado para resolver disputas de orden político."
Jorge Dezcallar 05/01/2015

Estamos en el fin de una etapa desde el punto de vista geopolítico caracterizado por la contención norteamericana, la decadencia europea y la emergencia de nuevos actores, y esto es algo que a corto plazo se traduce en inseguridad e incertidumbre mientras desaparece el viejo orden heredado de la Segunda Guerra Mundial y el nuevo toma su lugar. Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 acabaron con la breve supremacía americana que había seguido a la desaparición de la URSS y ahora da la sensación de que lo que queda del castillo geopolítico de naipes trabajosamente elaborado en 1945 se está desmoronando ante nuestros ojos, mientras el vacío de poder provoca competencia entre quienes pretenden ocuparlo. Recuerden el ascenso de Prusia.

Hay transiciones más suaves que otras pero todas acaban siendo traumáticas porque implican un nuevo reparto de poder a escala planetaria y esto nunca es fácil de hacer por la resistencia que oponen los perjudicados. Lo más probable aunque no sea seguro es que vayamos hacia un mundo multipolar con varios centros de decisión en competencia mutua mientras se adaptan las viejas instituciones políticas (Consejo de Seguridad de la ONU) y económicas (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones...) al nuevo contexto.

Pero sea la que sea la forma que adopte nuestra convivencia futura, hay tres elementos que van a configurarla: el aumento de la población, el impacto de la tecnología y la preeminencia de la economía sobre la política. Al margen, naturalmente, de otros problemas como la injusta distribución de la riqueza en el mundo, la proliferación nuclear, el cambio climático, los conflictos localizados, el ciberterrorismo, la crisis económica... y ninguno es estático.

Hoy somos 7.200 millones de personas en la Tierra. En 2050 seremos 9.000 y a fin de siglo 11.000. Esto es una barbaridad si consideramos que solo en 1800 la humanidad alcanzó su primer millardo. Seremos más ricos, más sanos, más longevos...las clases medias crecerán mucho y con ellas se disparará consumo de alimentos (+30%), de energía (+40%) y de agua (+45%), lo que augura mayor competencia entre países por asegurar el abastecimiento de recursos escasos. También se dispararán los gastos sanitarios y de pensiones. Habrá que construir vastas infraestructuras urbanas e interurbanas en Asia y África con grandes oportunidades de negocio, la población se concentrará en las ciudades. A pesar de las sangrantes diferencias que aún existen, la gente vive hoy mejor que nunca en el pasado. En los últimos años el índice de pobreza extrema ha disminuido en un 50%.

En paralelo, la tecnología nos hará a la vez más informados y más libres, pero más controlados también. Ya hoy los teléfonos móviles permiten saber dónde estamos en cada momento y las omnipresentes cámaras de vigilancia detectan nuestro paso por espacios públicos y privados. Se sacrifican nuestros derechos individuales en nombre de la sacrosanta seguridad como si fuera posible garantizarla. Se generalizarán los conflictos cibernéticos como el que ha desencadenado Corea del Norte para impedir la difusión de la película de Sony ridiculizando a su ridículo líder. La innovación producirá concentración de poder en los países que tengan energía más barata y en los estratos de población más formada. La dislocación empresarial y la externalización de muchos trabajos harán que pueda haber crecimiento y desempleo estructural en un mismo país. La tecnología dará también más poderes al individuo frente al estado y más capacidad para controlar a la cosa pública.

Especialmente grave será el creciente peso y autonomía de la economía en relación con la política. Grandes corporaciones o fondos de inversión manejan hoy cantidades superiores a los presupuestos de no pocos estados en cuya política intervienen de forma desvergonzada, mientras instituciones financieras de dudosa imparcialidad reparten certificados que abaratan o encarecen la deuda y facilitan o imposiblitan el acceso al crédito internacional. Los estados se verán forzados por las fuerzas económicas a adoptar medidas de alto coste social que quedarán sustraídas al debate público, planteando serias preocupaciones de transparencia, moralidad y, en definitiva, de democracia pues disminuirá el control parlamentario sobre cuestiones de impacto inmediato sobre nuestra vida diaria.

Si desde el ancho mundo descendemos a España podremos constatar que nos diferenciamos en que nuestro problema y no pequeño no es el exceso de población sino su envejecimiento, uno de los mayores del mundo. Pero también estamos vigilados y nuestra calidad democrática disminuye, lo que exige extremar los controles sobre quienes nos gobiernan y emprender una lucha implacable por la moralidad pública, contra la corrupción, contra partidos que se financian con opacidad y ponen sus intereses por encima de los de los ciudadanos, y por no excluir las grandes cuestiones del debate político. Necesitamos una regeneración democrática de nuestra vida pública, una división de poderes donde el Gobierno gobierne, el legislativo controle (y no sea una mera correa de transmisión de las órdenes del ejecutivo de turno) y dónde el judicial administre justicia con rapidez y no esté politizado o utilizado para resolver disputas de orden político. Un país donde sea posible un debate civilizado sobre la organización de nuestra multisecular convivencia, donde se busquen consensos y no estériles descalificaciones permanentes, donde se procure convencer y no imponer, donde la sustancia predomine sobre la anécdota y donde no haya miedo a reformar (previo acuerdo) porque solo lo flexible perdura mientras que se quiebra lo más rígido. Parece una carta a los Reyes Magos... pero por algo estamos en Navidad.

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