Dragones y doncellas

"Echa uno de menos que hoy no haya entre todos los dirigentes europeos ninguno capaz de cortar las tres cabezas del dragón de la crisis económica, política y social que nos agobia. "
Jorge Dezcallar 28/04/2015

Algún cínico dirá que ya no hay pero se equivoca y como ejemplo tenemos a San Jorge, que era un soldado romano del que sabemos muy poco. Al parecer vivió en Capadocia (Turquía) y murió como mártir cristiano en las persecuciones de Diocleciano del año 303. Hasta aquí la historia. La leyenda cuenta que un dragón se había adueñado de la fuente que nutría de agua a un pueblo de aquella zona impidiendo su uso a los habitantes. Ante el peligro de morir de sed, estos accedieron a entregarle diariamente a un pobre ciudadano que era devorado por el insaciable animal. Quiso la fortuna que cuando le tocó a la princesa acertó a pasar por allí Jorge (que todavía no era santo), se enfrentó a la bestia y la mató alanceándola desde su montura hasta matarla. En agradecimiento el pueblo (y supongo que la princesa) se convirtieron al cristianismo. Parece que su iconografía se inspiró en el dios capadocio Sabacios, representado a caballo pisoteando a una serpiente, y enlaza con mitologías tan antiguas como la de Perseo que salvó a Andrómeda después de luchar contra la gorgona Medusa, que también era un dragón.

Protector de los Cruzados en la conquista de Jerusalén, dicen las crónicas que se apareció a Jaime I tras la toma de Valencia, como Santiago haría en la batalla de Clavijo. La festividad de san Jorge se conmemora en lugares tan diversos como Lituania, Portugal, Montenegro, Cataluña, Croacia, Georgia, Inglaterra, Rusia, Grecia... bajo nombres diferentes como Jorge, Iurek, Giorgios, Jerzy, George, Jordi... a pesar de que tengo entendido que dentro del proceso de revisar tantas cosas (empezando por el Banco Vaticano) que lleva a cabo la Santa Sede, san Jorge ha sido apeado del santoral católico y lo siento porque es un personaje que me cae bien en este mundo tan interesado que vivimos, un santo valeroso que lucha contra un formidable dragón para salvar a una bella princesa, dando así origen a tantos y tantos cuentos que entusiasman a nuestras hijas y que convenientemente edulcorados han hecho la fortuna del imperio Disney.

Me gustan los caballeros altruistas y las princesas sensuales y confieso que también me gustan los dragones mitológicos. Quizás se deba a mi propio nombre de pila y al hecho de haber nacido en la palmesana plaza de San Francesc frente a la maravillosa iglesia gótica que muestra en su fachada a un san Jorge sobre brioso corcel alanceando a un dragón pelín escuchimizado, aunque se haya escamoteado a la princesa del grupo escultórico quitando el argumento romántico a la obra y dejándolo en una pelea entre el bien y el mal, que queda más espiritual. El dragón de piel escamosa y aliento ardiente es un poderoso símbolo mitológico que recorre la historia desde Ladon, el dragón de cien cabezas que custodiaba el jardín de las Hespérides hasta el Smaug de la saga de Tolkien (The Hobbit). Hay dragones buenos, asociados a la idea de sabiduría y malos, vinculados a la de avaricia. Los orientales (chinos, sobre todo) suelen ser bondadosos mientras que los occidentales suelen ser malévolos. La Biblia se refiere a Satanás como el gran dragón y otro aparece en el Apocalipsis de san Juan como símbolo del pecado, idea que se refuerza en la tradición medieval donde aparecen dragones con tres cabezas que representan la decadencia, la opresión y la misma herejía y que quedan algo pobretones comparados con la Hidra, pintada por Rubens  como un dragón con nueve cabezas que Hércules cortó en el segundo de sus trabajos.

Su participación en las novelas de caballerías fue estelar, defendían  lugares sagrados y custodiaban a castas doncellas en castillos encantados. En Amadís de Gaula hay una nave, la Gran Serpiente, que tiene forma de dragón humeante dotado de "fieras y espantables alas" y en Tirant lo Blanc encontramos la aventura del caballero Spèrcius y la doncella transformada en el dragón de la isla del Lago. En la novela del Caballero del Febo está  la Torre Desamorada, una fortaleza encantada donde varios dragones vigilan a la Infanta Lindabrides, que solo podrá ser liberada por el  caballero más valeroso y con el amor más puro.

Al pobre dragón casi siempre le tocaba perder porque se enfrentaba con un héroe o con un dios...a menos de aparecer aliado con él o con ella, como sucede en el Juego de Tronos, la interminable novela de George R.R. Martin, donde ignoro si los tres dragones de Daenerys Targaryen acabarán llevándola al Trono de Hierro al final de la historia.

Ambas combinaciones, la pagana y la cristiana confluyen en nuestro san Jorge que vence en singular combate al dragón, símbolo del mal y del pecado, para liberar a la princesa, que representa la pureza y la bondad prisioneras de la tentación pecaminosa. O algo parecido.

Un chiste pretende que Jesús era muy modesto y sencillo porque pudiendo nacer en Bilbao, escogió Belén. Con Zeus pasa igual porque se disfrazó de toro para raptar a Europa, cuando podía haberse convertido en dragón que hubiera impresionado más a la doncella. Echa uno de menos que hoy no haya entre todos los dirigentes europeos ninguno capaz de cortar las tres cabezas del dragón de la crisis económica, política y social que nos agobia. A Merkel no le entra la armadura, a Hollande le ha quitado Marie Le Pen el corcel y Cameron ha perdido el yelmo...con la cabeza dentro. ¡Hay que resucitar a san Jorge!

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