El Estado Islámico

"Al final más de 60 países han decidido combatir contra la amenaza que para todos supone EI. Unos bombardean, otros dan armas y otros ayudan a los refugiados (España contribuye con $640.000). Pero ninguno pone tropas sobre el terreno y los bombardeos serán insuficientes si nadie ocupa físicamente el territorio tras expulsar a los combatientes."
Jorge Dezcallar 30/09/2014

Un engendro está creciendo en amplios espacios de Siria y de Irak delante de nuestros ojos. Se llama el Estado Islámico (EI), tiene a su frente a un Califa y ambiciona unir bajo un mismo liderazgo político y religioso a todo el mundo musulmán y también a todos aquellos territorios que un día fueron islamizados, como lo fue más de media España. No es broma, es algo absurdo y real al mismo tiempo, algo que debería darnos más miedo que todas esas absurdas películas de vampiros y de muertos vivientes que tanto éxito tienen entre cierto público. Aquí hay muertos de verdad y asesinos que crucifican y degüellan en público y que parecen creer, como los vampiros, en una expansión ilimitada mediante el terror y la permanente efusión de sangre.

Estados Unidos, que con Barack Obama estaba logrando repatriar las tropas de Oriente Medio tras trece años de guerra, se debatía hasta hace unos días entre intervenir a tope como hizo en Irak, intervenir a medias como hizo en Libia o no intervenir como ha hecho en Siria, que es lo que más le apetecía. Los resultados son malos en los tres casos. En Irak porque no llega esa democracia que se supone iba a surgir del derrocamiento de Saddam Hussein y el país está más dividido que nunca. En Libia porque una vez muerto Gaddafi nadie se ha ocupado de crear las condiciones para una convivencia civilizada en ausencia de las más elementales estructuras estatales. Y en Siria, porque cerrar los ojos a las demandas de libertad de la población frente a la dictadura familiar de los Assad ha conducido a que los islamistas se adueñaran de la revuelta y a que las numerosas minorías (kurdos, cristianos, drusos, alawitas) teman acabar peor de lo que estaban.

En Oriente Medio hay varios conflictos que se superponen. Al que enfrenta desde 1949 a palestinos e israelíes se añaden ahora las consecuencias de la llamada Primavera Árabe (transformada en invierno) que sigue dando fuertes coletazos en Siria, Egipto, Libia, Túnez y Yemen; la pugna tradicional entre chiítas (capitaneados por Irán) y sunnitas (liderados por Arabia Saudí y Turquía); y la pelea a muerte que libran musulmanes moderados y radicales islamistas empeñados en imponer su peculiar e intolerante visión del Islam. Demasiados problemas para una misma región. Por si fuera poco, también hay pugnas entre los más radicales entre sí pues el EI se enfrenta a Al Qaeda, que hasta hace poco tenía la vitola de ser la organización más fanática tras responsabilizarse de los atentados terroristas más mortíferos en todo el mundo. Pero Al Qaeda ha perdido impulso tras la muerte de Osama Bin Laden, ha perdido sus bases territoriales en Afganistán y Pakistán y funciona más como una franquicia de grupos cada vez más dispersos, algunos de los cuales están cambiando de chaqueta para apoyar al Estado Islámico, como acaba de hacer el grupo argelino que ha degollado al rehén francés. EI, por su parte, cuenta con una base territorial en "zonas liberadas" de Siria e Irak, un sólido respaldo económico (venta de petróleo) y el atractivo que para muchos jóvenes supone ir a vivir a una zona donde se aplican las estrictas provisiones de la Ley Islámica y donde se puede combatir contra el infiel concebido como todo aquel que no adhiere a su visión fundamentalista de la religión. Por eso EI se enfrenta en Siria al Frente Al-Nusra, que se mantiene fiel a Al Qaeda, en una pelea de los malos contra los peores.

Al final más de 60 países han decidido combatir contra la amenaza que para todos supone EI. Unos bombardean, otros dan armas y otros ayudan a los refugiados (España contribuye con $640.000). Pero ninguno pone tropas sobre el terreno y los bombardeos serán insuficientes si nadie ocupa físicamente el territorio tras expulsar a los combatientes de EI, lo que nos enfrenta con la dificultad adicional de que no queremos apoyarnos ni en el régimen sirio de Bachar el Assad ni en el de los ayatolas iraníes, que son precisamente los mayores enemigos de los sunnitas radicales del Estado Islámico. Lo de Bachar no tiene arreglo pero es imperativo lograr que los iraníes colaboren sobre el terreno con los saudíes y eso tampoco es fácil porque unos son sunnitas y otros chiítas y porque ambos compiten por el liderazgo regional y desconfían profundamente unos de otros. Cameron se acaba de entrevistar con Rohani en Nueva York para animarle a hacerlo, mostrando lo deprisa que están cambiando las cosas como consecuencia de la amenaza islamista. También la ONU acaba de exigir a los estados que modifiquen sus leyes para perseguir al "flujo sin precedentes" (Ban Ki Moon dixit) de combatientes que se unen a EI, que llegan desde más de 80 países y algunos de los cuales regresan luego a sus lugares de origen convertidos en máquinas de matar.

No podemos dejar que se afiance sobre un territorio estable un régimen que dará albergue a terroristas que cometerán atentados en nuestros países (las amenazas son muy explícitas) mientras el drama de los refugiados se intensifica en una región donde ya hay más de cuatro millones de desplazados. El Estado Islámico es una amenaza existencial para nuestra seguridad futura y una tragedia para los que son salvajemente asesinados, para quienes deben abandonar sus hogares si quieren salvar la vida y para quienes viven bajo la opresión de sus leyes medievales. No lo podemos permitir.

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