Hay un abismo a sus pies

"El caso es que 40 años más tarde vascos y catalanes vuelven a no estar cómodos con el invento y eso demuestra que el sistema está agotado porque en mi opinión estamos ante un fin de ciclo que exige reformas serias para que no salte por los aires."
Jorge Dezcallar 07/07/2014

Cuando era pequeño se reparaba todo lo que se rompía porque no se encontraban repuestos, la mano de obra era muy barata y había artesanos extraordinarios que construían las piezas dañadas y lograban que el aparato siguiera funcionando por viejo que fuera. Luego con el desarrollismo de los sesenta ya no se arreglaba nada, la mano de obra se puso por las nubes y todo lo roto o viejo se tiraba porque era más barato comprar que reparar. Se producían entonces objetos cuya duración venía con frecuencia predeterminada desde la misma fábrica pero no importaba porque su sustitución era fácil y barata. Hoy estamos en una tercera fase en la que con la crisis ni podemos comprar porque no hay dinero ni hay quien deje como nuevo lo que se ha estropeado, por lo que nos tenemos que limitar a darle un retoque para que funcione lo mejor posible mientras llegan tiempos mejores. Todo un símbolo.

Es como la cirugía estética que corrige naturalezas envejecidas o poco agraciadas. Retocarse el rostro cambia la expresión y algunas están tan estiradas que no se las reconoce y si guiñan un ojo se les encogen los dedos de los pies. Por eso acuñar monedas con efigies femeninas puede exigir cambiarlas cada pocos años para mantener un cierto parecido con el modelo original y esto puede pronto ocurrir también con los hombres pues la línea de mayor crecimiento en una famosa marca de cosmética es la destinada a la clientela masculina que afortunadamente ya no quiere oler a pólvora, sudor y mierda como se decía antiguamente con un machismo mal entendido y un mal gusto innegable. De igual forma, antes uno no solía comprar vinos de ciertas regiones salvo que quisiera regar una comida con un caldo local por curiosidad o por caer simpático a los del pueblo. Pero no se los llevaba a casa porque esos vinos solían ser muy malos. Hoy todas las bodegas, incluso las más pequeñas, pagan a buenos enólogos y si a la uva le falta azúcar o le sobra acidez porque ha tenido mucho o poco sol, o mucha o poca lluvia, se corrige con la química hasta lograr el resultado apetecido. Por eso hoy hay pocos vinos malos. Igual que los cirujanos plásticos corrigen naturalezas poco agraciadas con el bisturí, los enólogos les imitan alterando con química los defectos del mosto original.

Hoy no sabemos si la política precisa un cirujano o un enólogo pero todos sabemos que esto no puede seguir así y que hay que hacer algo aunque no sepamos muy bien qué hacer, unos prefieren no tocar nada, otros lo quieren cambiar todo tirando al niño con el agua de la bañera y otros estamos por las reformas. No cabe duda de que el sistema político surgido de la Transición está en crisis. Se inventó al salir de la dictadura para organizar nuestra convivencia en libertad y para satisfacer a vascos y a catalanes, extendiendo a todo el país un sistema de autonomías que casi ningún otro entonces pedía pero que ha demostrado ser positivo aunque haya conducido a una competencia entre territorios antes que a una cooperación entre ellos. Cuando era embajador en Washington recibí al presidente de la poderosa industria farmacéutica americana que no entendía que le hiciéramos desde España 17 pedidos diferentes cuando haciendo solo uno podríamos beneficiarnos de grandes descuentos en el precio. El caso es que 40 años más tarde vascos y catalanes vuelven a no estar cómodos con el invento y eso demuestra que el sistema está agotado porque en mi opinión estamos ante un fin de ciclo que exige reformas serias para que no salte por los aires. No sería la primera vez, recuérdese lo mal que acabó el fin de ciclo iniciado por Prim con la Restauración de 1876. Partidos esclerotizados y convertidos en estructuras de poder más atentas a sus propios intereses que a los de la ciudadanía a la que dicen servir; una corrupción que es a la vez personal y estructural; sistemas de financiación obsoletos; una Justicia y una Educación que no responden a lo que la sociedad demanda; una estructura territorial del Estado que se nos abre por las costuras... y, en definitiva, una Constitución que requiere una puesta al día.

El problema es cómo hacer los cambios. Como señalaba al principio, podemos apuntalar las viejas estructuras, podemos cambiarlas por otras diferentes o podemos mejorarlas. Esto último me parece lo más razonable, utilizando los mecanismos legales existentes para abrir un gran debate nacional,

acordando previamente a dónde queremos llegar y negociando luego con la generosidad necesaria para hacer posible un entendimiento que nos permita por lo menos otros 40 años de convivencia ordenada. Probablemente será necesario un nuevo reparto de poder hacia arriba y hacia abajo sobre la base no de obsoletos conceptos de soberanía cada vez más carentes de contenido dentro de la Unión Europea o de pretendidos derechos históricos (?) sino de eficacia y de servicio al ciudadano. Si una vez asombramos al mundo con nuestra Transición, que fue ejemplo de democracia y de tolerancia, no hay ninguna razón para no poder volver a hacerlo. No es fácil pues ya decía Paul Valery que el primer verso lo inspira Dios y lo difícil es construir el resto del poema al mismo nivel. Pero tampoco es imposible. Como seguro que no se arregla es pretendiendo ignorarlo.

Añade un comentario

Tienes que estar identificado para poder comentar. Puedes hacerlo mediante tu cuenta de Twitter o Facebook. A continuación tu comentario será moderado hasta que se verifique tu identidad.