La revolución de los claveles

"Si en Portugal hubo ruptura nosotros hicimos una transición pactada y en cambio carecemos de la Revolución de los Claveles y del 25 de abril, un hecho glorioso y una fecha simbólica a la que agarrarnos en celebración de la libertad."
Jorge Dezcallar 29/04/2014

Escribo desde Portugal donde se está celebrando con numerosos actos públicos el 40 aniversario de la Revolución de los Claveles, un acontecimiento histórico que puso fin a una dictadura de cuatro décadas (cuarenta y un años), muy similar a la que nosotros vivimos con Franco... Pero hay diferencias.

Tras la desaparición de la monarquía en 1910, Portugal vivió un período de inestabilidad que culminó con el golpe de Estado del general Oscar Carmona que promulgó la Constitución de 1933. Con ella nacía el Estado novo, de corte corporativo y fascista, que se sostenía en una policía política, la PIDE, tan brutal como eficaz. El régimen de partido único, la Uniao Nacional, estuvo dominado por Antonio Oliveira Salazar hasta 1968, cuando la enfermedad dio paso a Marcelo Caetano. Ambos fueron buenos amigos del general Franco, que impuso un régimen parecido en España a partir de 1939. Eran los años del pacto ibérico, cuando la península parecía escuchar mejor los vientos del fascismo que los de la libertad.

Pero Portugal no había contado con el hecho de que la guerra fría y el enfrentamiento entre el Este y el Oeste iba a interferir en su siesta colonial con enfrentamientos interpuestos, levantamientos populares y guerra de guerrillas. Por eso, a partir de los años sesenta, Portugal se vio envuelto en varias guerras coloniales simultáneas que un ejército mal dotado no podía ganar. Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Sao Tome y Príncipe, Cabo Verde, Timor Oriental... era demasiado para el pequeño Portugal, pese a ser un país acostumbrado a grandes gestas a lo largo de su historia. Esto hizo nacer un profundo malestar entre las fuerzas armadas que cristalizó en un movimiento a cargo de los capitanes de la fuerza que combatía en las colonias. Estos capitanes encontraron apoyo en un general de monóculo y aspecto aristocrático, Antonio Spinola, que había escrito un libro (Portugal e o futuro) donde afirmaba que era imposible ganar la guerra colonial y que era necesario buscar una solución política al conflicto. A Caetano no le gustó y lo destituyó.

El 24 de abril de 1974 un grupo de aquellos capitanes disconformes, liderados por Otelo Saraiva de Carvalho, tomaron un cuartel en Lisboa y a las 0:20 horas del día 25 radio Renascença emitió la canción Grándola, vila morena, que fue la señal para desencadenar el golpe de estado.

Los militares ocuparon pacíficamente las principales ciudades del país (en total hubo cuatro muertos y 45 heridos, atribuidos a la policía) mientras los ciudadanos les recibían con aplausos y adornaban con claveles los cañones de sus fusiles. Fotos callejeras recuerdan en estos días en Lisboa aquellos días. Fue el alumbramiento de la libertad y ningún parto es fácil. El dictador Caetano se rindió y se creó una Junta de Salvación Nacional dirigida por Spinola con el programa triple de democratizar, descolonizar y desarrollar el país. Lo que siguió fue el llamado PREC (Proceso Revolucionario en Curso), un desorden de independencias, nacionalizaciones, expropiaciones y exilios que terminaron con otro golpe en noviembre de 1975 contra los comunistas que se habían adueñado del poder y estaban sumiendo el país en el caos. Una reciente serie de televisión se refería a aquel período convulso en el que refugiados de las colonias regresaban a Portugal sin más que lo puesto y lo difícil y angustiosa que aquella situación fue para ellos. Entonces se convocó una asamblea constituyente que elaboró la Constitución de 1976 y a su amparo se celebraron las primeras elecciones que hicieron presidente a Ramalho Eanes y primer ministro a Mario Soares. Ambos aparecen con frecuencia en los actos conmemorativos de estos días donde, por contra, la Asamblea de la República ha decidido en medio de una gran polémica no dar la palabra a los capitanes que iniciaron el proceso revolucionario.

En España se siguió con enorme interés (y con censura de prensa) lo que ocurría en el país vecino. En España había por una parte envidia de la libertad que ganaban los portugueses y por otra también había miedo del caos que inicialmente se adueñó del país. La experiencia portuguesa junto con los errores nacionalizadores del primer Mitterrand en Francia actuaron como una vacuna frente a los entusiasmos de la izquierda española, que moderó sus ímpetus pues todavía estaba reciente la experiencia de nuestra terrible guerra civil. Si en Portugal hubo ruptura nosotros hicimos una transición pactada y en cambio carecemos de la Revolución de los Claveles y del 25 de abril, un hecho glorioso y una fecha simbólica a la que agarrarnos en celebración de la libertad.

Ahora, cuando se conmemoran los 40 años de aquel lejano 25 de abril, los problemas son otros aunque de aquella época Portugal haya heredado un Partido Comunista que aún hoy es estalinista y un Bloque de Izquierdas que también está fuera de la realidad y que impide a los socialistas tratar de gobernar con ellos. Por aquí se dice que las izquierdas están más de acuerdo en dejar gobernar a la derecha que en ponerse de acuerdo entre ellos. Quizás el futuro pase por ese gobierno de coalición a la alemana que propugna Durao Barroso entre críticas generalizadas.

La democracia está asentada pero la situación económica es mala, el país está intervenido por la Troika y sus exigencias tienen un coste muy alto. Ya no hay en Portugal dolores de parto sino de crecimiento. Como me decía hace años un asesor de Yasser Arafat, es mucho más romántico hacer la revolución que conseguir que el estado funcione.

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