Libertad de expresión y ciberterrorismo

"En mi opinión hay que defender la libertad de expresión aunque sirva para hacer bodrios como imagino que debe ser [The Interview]. Los ciberataques son otra cosa y lo más grave es que no somos conscientes de su importancia, de nuestra vulnerabilidad y de los costes y daños que causan."
Jorge Dezcallar 07/01/2015

El año 2015 se estrena con esperanza para Cuba, problemas con Rusia y el Estado Islámico y amenazas ciberterroristas de Pyongyang que merecen nuestra atención. La libertad de pensamiento y de expresión son derechos básicos sobre los que descansa nuestra concepción del mundo. Su logro no ha sido fácil pues se han impuesto en un pasado relativamente reciente y solo en Occidente. Recordemos cómo se quemaba a los "herejes" hasta el siglo XVIII en toda Europa o cómo amordazaban los fascismos a la disidencia hace bien pocos años. Y a la vista están las barbaridades que hacen hoy fanáticos del Estado Islámico con quienes tienen creencias diferentes (los abaditas), mientras la pugna entre chiítas y sunnitas ensangrienta todo el Oriente Medio. Netanyahu quiere adoptar una ley que reserve la plenitud de los derechos nacionales a los judíos, dejando como ciudadanos de segunda clase a los nacionales israelíes de otra religión. En Rusia se persigue a los críticos desde las chicas de Pussy Riot a Navalny y en Hong Kong los chinos dejan que se vote solo a aquellos que previamente han sido seleccionados como elegibles. El mundo está lleno de ejemplos similares.

De modo que pensar diferente y decirlo en público sin pagar por ello un precio es una excepción, un lujo al alcance de unos pocos a los que se nos permite ejercer este derecho con algunos sobresaltos notables como cuando Jomeini condenó a muerte a Salman Rushdie por estimar que el libro Versos satánicos era blasfemo. España tenía en 1989 la presidencia de la Unión Europea y me tocó a mi negociar con los iraníes un compromiso según el cual la condena se mantendría pero no se ejecutaría. Era mejor que nada. En otros casos, unos islamistas asesinaron en Holanda al cineasta Theo Van Gogh en 2004 y el año siguiente se armó gran revuelo cuando un periódico danés publicó unas caricaturas de Mahoma que dieron lugar a un interesante debate sobre si la libertad de expresión debe ser absoluta o estar mitigada por el buen gusto y el respeto a las ideas de los demás.

El tema ha cobrado nuevamente actualidad con la película The Interview en la que un par de descerebrados tienen la misión de ejecutar al dictador Kim Jong-un, el "Brillante camarada". Los norcoreanos han reaccionado con la misma indignación que los musulmanes aunque con mayor sofisticación y en lugar de matar al director han recurrido a los ataques cibernéticos sobre la productora, Sony Pictures, y han amenazado a las salas de cine que proyecten la película. Como consecuencia, se calcula que Sony ha perdido unos doscientos millones de dólares y 3.000 salas de cine norteamericanas se han arrugado y han renunciado a estrenarla. Solo una enérgica intervención de Obama en favor de la libertad de expresión y augurando represalias ha metido un poco de vergüenza en el cuerpo de sus conciudadanos y 300 salas alternativas han accedido a proyectar la película, que también se puede ver por internet. En Corea del Norte han comentado que Obama ha reaccionado como un mono en una selva tropical, o algo parecido. El caso es que Corea del Norte se ha quedado unos días sin internet. ¿Casualidad?

En mi opinión hay que defender la libertad de expresión aunque sirva para hacer bodrios como imagino que debe ser este. Los ciberataques son otra cosa y lo más grave es que no somos conscientes de su importancia, de nuestra vulnerabilidad y de los costes y daños que causan. Dicho de otra manera, ni nuestras conversaciones telefónicas ni nuestros mensajes por internet, ni nuestros archivos electrónicos están seguros. Ninguno. Nos lo mostró Snowden hace unos meses y nos lo recuerda ahora el "Brillante camarada". Aquí no hay amigos ni enemigos sino capacidad de hacerlo, tiempo y dinero. Y hay países que tienen mucho tiempo, mucho dinero y mucha gente que no se dedica a otra cosa en todo el día, como también a un nivel más modesto pero igualmente dañino hay espionaje cibernético entre compañías rivales que compiten por los mismos contratos. Por eso es suicida, desde un punto de vista empresarial, hablar por teléfono o enviar emails con los detalles de una negociación comercial en curso.

Hoy en día hay que cifrarlo todo, al menos para ponerlo más difícil. El New York Times contaba esta semana que los ataques de hackers han aumentado 10.000 veces en doce años, con un repunte del 62% solo en 2013, año en el que se han robado datos a 552 millones de personas. Son cifras escalofriantes que coinciden con unas declaraciones del director de nuestro Centro Nacional de Inteligencia hechas a primeros de diciembre y referidas a España, en las que afirmaba que el CNI había detectado solo en 2014 un total de 13.000 ciberataques contra administraciones públicas y compañías privadas con pérdidas económicas descomunales. Para combatir estos ataques se creó ya en 2002 el Centro Criptológico Nacional, que hace un gran trabajo con medios limitados. Desde entonces el problema no ha dejado de crecer como anticipo de lo que será parte importante de los conflictos (armados o no) del futuro, que tratarán de anular los sistemas vitales (defensa, banca, agua, gasoductos...) del enemigo. Si cuando llueve uno saca el paraguas, es tiempo de pensar muy seriamente en proteger nuestros datos y nuestras comunicaciones importantes y el que no lo haga, peor para él y para su negocio porque está jarreando.

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