Londres en diciembre

"Se equivoca quién piensa que las aguas han vuelto a su cauce en el Reino Unido. Nada de eso y aún peor, porque los euroescépticos del UKIP de Farage están obligando a los conservadores a escorarse más y más hacia la derecha en un intento de detener su crecimiento".
Jorge Dezcallar 09/12/2014

Londres bulle de animación y compras en estas semanas que preceden a la Navidad hasta el punto de que no resulta fácil caminar por Regent Crescent y menos aún por Oxford Street. Los turistas estamos acabando con algunas ciudades cada vez más parecidas a esas urbes del tercer mundo de natalidad galopante donde las masas se desbordan por sus costuras, como ocurre El Cairo o Nueva Delhi. El British Museum ofrece una estupenda exposición sobre el esplendor de la época Ming en China (1400-1450). A mi Ming me sonaba a maravillosas porcelanas en tonos azules y ahora he descubierto que también fueron años de tolerancia religiosa, de cortesanos que jugaban al golf y a una especie de fútbol, de mujeres que no solo escribían sino que editaban libros de poemas, y de interés por el mundo exterior con los increíbles viajes del eunuco He a las costas de de Omán y Madagascar en busca de especias, incienso, telas, plantas, objetos preciosos y animales exóticos. Ahora China vuelve a interesarse por el mundo tras un paréntesis de 600 años, como muestra esta misma exposición con piezas que nunca antes habían salido del país. Junto a ella había otra, más pequeña, sobre Alemania que muestra lo flexibles que han sido sus fronteras a lo largo de su atormentada historia pues de ella formaron parte en épocas diferentes lugares tan diversos como Praga (Chequia), Estrasburgo (Francia), Basilea (Suiza), Kaliningrado (Rusia) o Wroclaw (Polonia). Quiero confiar en que Alemania haya por fin alcanzado sus fronteras definitivas con la reunificación. Por el bien de todos.

Donde las cosas están complicándose, y mucho, es en el Reino Unido, que todavía no se ha recuperado del susto del referéndum escocés, donde en buena parte ganó el no por el esfuerzo personal de Gordon Brown. Ahora se trata de cumplir las promesas hechas a los escoceses y la Comisión Smith acaba de hacer públicas sus conclusiones para lo que aquí llaman la "devolution" de competencias, un auténtico cambio constitucional que no ha gustado nada en una Inglaterra que constituye el 85% del PIB británico y no desea hacer concesiones. O que si las hace quiere que también a ella se le "devuelvan" competencias en grado similar, como acaban de pedir al Parlamento de Westminster 95 condados ingleses. O sea, que los ingleses ahora piden una especie de café para todos sin saber que eso en España no satisface a algunos. Los ingleses tampoco quieren que los escoceses opinen en el Parlamento de la Unión sobre cuestiones que no les incumban directamente. La crisis constitucional parece, pues, abierta y ahora se le añade una crisis política pues Escocia ya no tiene ningún diputado conservador pero todavía tiene 41 laboristas en Westminster que ahora podrían quedarse en 11, o menos aún, tras la resaca del referéndum.

Por eso se equivoca quién piensa que las aguas han vuelto a su cauce en el Reino Unido. Nada de eso y aún peor, porque los euroescépticos del UKIP de Farage están obligando a los conservadores a escorarse más y más hacia la derecha en un intento de detener su crecimiento y Cameron acaba de decir que podría acabar haciendo campaña a favor de una salida de la Unión Europea si sus exigencias por un acuerdo más favorable al Reino Unido "caen en oídos sordos" en Europa, mientras trata de apaciguar a los más montaraces de sus partidarios con la retirada de beneficios sociales y fiscales a inmigrantes de otros países de la UE que no encuentren trabajo en un plazo de seis meses (la inmigración se ha disparado un 43% en el último año, 260.000 personas). En Bruselas, Juncker ha decidido mirar para otro lado y no dramatizar a la vista de cómo está de revuelto el patio británico y porque Cameron no se ha atrevido a amenazar con tocar el principio fundamental de la libertad de movimiento dentro de la UE, una línea roja para sus socios comunitarios.

Y mientras, los ingleses no cambian y siguen siendo la sociedad más clasista que yo conozco. Estos días Andrew Mitchell, ex ministro de Cameron, ha sido condenado por un juez a pagar una multa de 3 millones de libras a un policía al que llamó "jodido plebeyo" ("fucking pleb") cuando no le dejó circular en bicicleta delante de Downing Street. Encima negó haberlo dicho, con lo que añadió la mentira al insulto. Su carrera política parece haber terminado. A mi de este caso me impresionan dos cosas: la primera es que hay que ser muy pijo, muy snob y muy clasista para llamar "plebeyo" a otra persona, que es algo que a nadie se le pasa por la cabeza. La otra es que un insulto a un policía en Inglaterra sale más caro que en España, donde la autoridad está en crisis tras haber sido omnipotente durante el franquismo, con la consecuencia de que hoy no se respeta ni a los maestros, en ocasiones agredidos de manera inaceptable por los mismos padres de alumnos. Tampoco Esperanza Aguirre parece haber pagado un precio apreciable tras discutir con la policía, desobedecer sus instrucciones y escapar en su automóvil hacia su domicilio, hasta donde la persiguieron en caliente los mismos agentes ninguneados por ella. Si nuestra Espe fuera inglesa tendría menos futuro político que la mismísima Ana Mato. Claro que si Ana fuera inglesa ya llevaríamos muchos meses sin oír hablar de ella.

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