Moros y cristianos

"Las tradiciones refuerzan nuestra identidad colectiva y por eso hay que procurar mantenerlas siempre que no repugnen a la sensibilidad de nuestra época."
Jorge Dezcallar 01/09/2014

Durante el verano toda España se llena de fiestas de moros y cristianos. Las más famosas son las de Alcoy, donde cientos de comparsas visten recargados ropajes propios del regusto barroco del levante peninsular. Pero no son las únicas. En Mallorca se celebran en Sóller y Pollenca, entre otros lugares (parece que ahora Valldemossa también quiere tener las suyas), y en el conjunto de España son más de 400 los pueblos que las organizan. Su origen es medieval y recuerda los ocho siglos de convivencia „a veces buena y a veces mala„ que llamamos Reconquista, ochocientos años de influencias políticas, económicas, culturales y sociales muy intensas durante los cuales la religión se constituyó en una barrera insuperable y que terminaron no ya con la conquista de Granada por los Reyes Católicos en 1492 sino con la expulsión de los moriscos en 1609 por Felipe III, ante el riesgo de que formaran una quinta columna proturca cuando la memoria de Lepanto aún estaba fresca. No es políticamente correcto decirlo, pero por injusta y dolorosa que fuera aquella decisión, que lo fue, no cabe duda de que nos evitó muchos problemas posteriores. En el caso de las costas „y Balears son todo costa„ el problema se mantuvo algún tiempo más por los ataques de los piratas berberiscos que obligaron a cubrir nuestros paisajes con numerosas torres de vigilancia. Nuestras fiestas recuerdan aquellas terribles incursiones.

Hoy se impone la corrección política y los embajadores de Israel protestan con frecuencia y con razón por la pervivencia en nuestro idioma de injustas expresiones antisemitas (hacer judiadas) y por el mantenimiento en nuestra tradición de falsas leyendas medievales de niños pretendidamente asesinados por los judíos. O para que se cambie el nombre del pueblo castellano de Matajudíos (Dios sabe la horrible tragedia que allí acontecería) por el más pacífico de Mota de Judíos. De igual manera los embajadores árabes protestan, también con razón, por ciertas prácticas relacionadas con estas fiestas de moros y cristianos que ofenden al Islam, como la extendida costumbre de quemar o lanzar desde las almenas del castillo del pueblo una imagen rellena de paja y conocida como La Mahoma. Tienen razón unos y otros porque todo lo que ofende es ofensivo y en este caso no se trata tanto de abandonar la tradición como de mantenerla de forma que no moleste a nadie, llamando Mustafá al muñeco o eliminándolo pura y simplemente de la celebración. A mi eso me parece bien porque como decía mi madre, el primer mandamiento es no molestar... siempre que no se exagere y se caiga en el ridículo porque la historia es la que es. Las tradiciones refuerzan nuestra identidad colectiva y por eso hay que procurar mantenerlas siempre que no repugnen a la sensibilidad de nuestra época como sucede con el maltrato de animales, pues con esas costumbres hay que acabar cuanto antes.

Por eso no me parece bien que se disfrace de pacífico peregrino al apóstol Santiago y se le despoje de su espada. Si Santiago se venera en España es porque en la batalla de Clavijo y a lomos de un blanco alazán condujo a la victoria a las huestes cristianas a base de mandoblazos y aquí lo de menos es que se apareciera de verdad porque probablemente la batalla de Clavijo tampoco existió. Santiago es uno de los más importantes éxitos propagandísticos de la Europa medieval y motivó la primera guía turística del continente, allá por el siglo XII, conocida como el Códice Calixtino. Su sepulcro se descubrió oportunamente en un lugar que ya era objeto de veneración por los druidas celtas y se convirtió en lugar de peregrinación que hizo más que nadie y que nada por dar unidad y sentido de pertenencia al concepto de Europa. Por el Camino de Santiago circularon personas, ideas, modas, comercio y estilos arquitectónicos. Pero una cosa son los peregrinos y otra Santiago, que es un santo guerrero y solo así tiene sentido. Distinto es que los sarracenos que pisotean los cascos de su caballo se disimulen detrás de tiestos con flores, cosa que una vez más comprendo que se haga para no herir sensibilidades y una vez que no se altera la esencia de la tradición.

Como sin historia no hay identidad, la tendencia a manipularla no es nueva. Stalin lo hacía con maestría quitando a personajes de las fotos oficiales a medida que los ejecutaba. En realidad la historia no es nunca neutra, los vencedores la reescriben y los nacionalismos la falsean (véase cómo cuentan algunos lo que sucedió en Barcelona en 1714, sin ir más lejos) pero es tozuda porque a fin de cuentas los hechos son los que son y no como nos gustaría que fuesen. A los alemanes les perseguirán siempre los terribles crímenes del nazismo y a los americanos la bomba de Hiroshima. Solo no han cometido errores los pueblos que no tienen historia y esta hay que aceptarla con sus luces y sus sombras. Por eso me conformo si no se falsea demasiado y acepto que se presente lo ocurrido de manera que no ofenda a nadie por razones tanto de educación como de convivencia. Es decir, que las fiestas de moros y cristianos sirvan para reforzar de manera festiva e integradora nuestra identidad como pueblo con una larga historia a las espaldas.

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