Netanyahu está asustado

Jorge Dezcallar 06/03/2015

El primer ministro de Israel ha aprovechado la polarización de la vida política norteamericana para darle un sonoro bofetón a Obama con la ayuda de John Boehner y del Partido Republicano. Es la tercera vez que Netanyahu es invitado a dirigirse al Congreso de los EEUU, algo que solo había hecho Winston Churchill, y eso da idea de la influencia de los lobbies judíos en la política de Washington.

Netanyahu no está contento con la política de Barack Obama de buscar un entendimiento con Irán (a bad deal) y el hecho de que haya elecciones en Israel en un par de semanas tampoco es ajeno a esta visita, aunque no me detendré en este punto.

Esta intromisión en asuntos que son prerrogativa presidencial ha irritado con razón a Obama, pues ya Reagan advirtió hace años a Menachem Begin que no corresponde a otros países dictar la política de Washington. Le ha irritado porque debilita su política, porque muestra la división que hay en el seno de la sociedad americana entre demócratas y republicanos sobre cómo tratar a Irán, porque aflora los desacuerdos entre Washington y Tel Aviv y porque revela la mala sintonía personal entre él mismo y Netanyahu. Todo el mundo ha tomado nota de estas debilidades.

Pero se engañará quien piense que esto sucede porque falta química entre ambos líderes. Eso es innegable y no se discute, pero los países serios no toman decisiones porque sus dirigentes simpaticen o no, Bush no podía ver a Rodríguez Zapatero, pero eso no interfirió en el normal desarrollo de las relaciones entre los EEUU y España durante aquellos años. Lo que muestra este encontronazo entre Obama y Netanyahu es que la política norteamericana en Oriente Medio está cambiando y eso pone muy nerviosos a los israelíes, que han sido sus grandes beneficiarios durante los últimos 50 años, desde la guerra de los Seis Días en 1967 cuando Siria e Irak bascularon hacia la URSS, como antes había hecho el Egipto de Nasser. Es entonces cuando la ayuda americana, sobre todo la militar, se multiplicó hasta alcanzar el asombroso 20 por ciento del PIB de Israel, garantizándole una superioridad militar sobre sus vecinos que completó al convertirse en potencia nuclear. Pero la desaparición de la URSS hace que Israel pierda importancia estratégica para Washington.

Otros factores también contribuyen a este cambio. En primer lugar, los EEUU están en un proceso de "introspección estratégica" (Obama dixit), han retirado las tropas de Irak y Afganistán tras largas guerras y no desean volver a poner soldados en aquellas tierras. En segundo lugar, el "país indispensable" ni tiene capacidad ni quiere seguir siendo el gendarme mundial, desea "liderar desde atrás" y que sean los países vecinos los que asuman los costes de la seguridad regional. Y en tercer lugar, la revolución del fracking le ha dado una autosuficiencia energética muy grande y en consecuencia es menos dependiente del petróleo del Golfo Pérsico.

Hoy, Oriente Medio ya no está dominado por la rivalidad Washington-Moscú, sino por las pugnas entre sunnitas y chiítas, entre tradicionalistas y modernizadores, entre laicos y religiosos, entre nacionalistas e internacionalistas, entre moderados y fanáticos. Un galimatías sobre el que han irrumpido con fuerza los deseos de libertad alumbrados por la Primavera Árabe y la reacción salafista-yijadista del Estado Islámico, convertida en amenaza global. Es un contexto muy complicado y Washington desea que la estabilidad regional la garanticen las potencias locales: Arabia Saudí, Egipto, Israel, Turquía e Irán. Este escenario exige por una parte que ninguna de ellas sea hegemónica y por otra parte demanda el fin del ostracismo y el retorno de Teherán a la geopolítica regional, donde influye desde los tiempos de Ciro y Darío y donde es líder de los chiítas con influencia importante en Irak, Bahrein, Yemen, Líbano y Hizbollah. Irán es clave para estabilizar Siria y para combatir al Estado Islámico en Irak (los pasdaranes asesoran para recuperar Tikrit, al norte de Bagdad).

Por esas razones Obama quiere dar una oportunidad cautelosa a la negociación con Irán, que debe rendir frutos antes del próximo 31 de marzo y yo creo que su política es la acertada. Si no hubiera acuerdo se abrirían paso las complicadas opciones militares que defiende Israel (de difícil puesta en práctica e impredicibles resultados) e Irán se deslizaría hacia una inaceptable nuclearización en un escenario muy peligroso para todos. Sin olvidar que Obama necesita un éxito que sea el legado de su presidencia en política exterior.

Así, lo que el discurso de Netanyahu revela es preocupación por la pérdida de peso de su país en el giro estratégico que esta dando la política exterior norteamericana en Oriente Medio. No nos engañemos.

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