No temer al cambio

"Algunas decisiones económicas no se toman hoy en Madrid sino en Bruselas (o en Berlín) y las empresas que mejor aguantan son las que han sido capaces de reconvertirse en muy poco tiempo y exportar lo que antes colocaban en un mercado nacional que se ha hundido."
Jorge Dezcallar 23/04/2014

Dice un chiste que un niño pregunta a su padre de dónde venimos y él le contesta que de los monos. Luego pregunta a la madre y le dice que fuimos creados por Dios. Cuando el niño le replica que su padre le ha dicho otra cosa, la madre zanja: es que él te habla de su familia y yo de la mía. No es solo una broma, el debate existe. Los creacionistas defienden una interpretación literal del relato bíblico de la creación del mundo en seis días (porque Dios descansó el séptimo) y han conseguido que algunos colegios y universidades americanas no enseñen las teorías de Darwin sobre la evolución de las especies o que, si se enseñan, lo hagan en pie de igualdad con sus creencias. Darwin defiende que todos los seres vivos somos producto de una selección natural en la que sobreviven aquellos cuyos genes se adaptan mejor al medio ambiente. Otro debate es si esa selección es o no "finalista", esto es, si estaba desde el inicio orientada a producir al ser humano inteligente como cumbre de la creación. Me cuesta creerlo.

El proceso evolutivo suele ser muy lento aunque hay excepciones. Los restos de los asentamientos neandertales son prácticamente idénticos aunque les separen miles de kilómetros y miles de años, pero un descubrimiento reciente muestra que prestaron a los Cromagnon, que salieron más tarde de la cuna común africana, los genes que les permitieron adaptarse con más facilidad a las frías condiciones que entonces tenía el continente europeo. En este caso la adaptación al medio no se hizo por lenta selección natural de los genes sino que estos mudaron más rápida y placenteramente por medio de las relaciones sexuales entre ambos grupos, algo que hasta ahora se negaba.

Hoy el cambio se ha acelerado. Miles de años navegando a vela y en apenas dos siglos hemos pasado de la máquina de vapor a la navegación espacial. Como consecuencia, la lenta evolución genética ya no es tan útil para adaptarnos a un mundo que produce cambios acelerados. La adaptación es hoy cultural, más rápida y versátil. Por eso hemos desarrollado el tamaño de nuestro cerebro, que nos permite combatir el frío o el calor no con más o menos pelo sino con calefacción o aire acondicionado y quizá en el futuro seamos capaces de escapar a otro planeta si con nuestro comportamiento irresponsable provocamos un cambio climático catastrófico. Pero la evolución no se detiene nunca porque el cambio es consustancial a la vida misma... como lo es la muerte, que es el vector de progreso más importante al imponer una constante renovación de los protagonistas.

El orden establecido por el Tratado de Viena de 1815 duró un siglo hasta que la Gran Guerra terminó con los imperios alemán, turco, austrohúngaro y ruso. El orden de 1945 ha durado solo cincuenta años porque la URSS ha desaparecido y hay nuevos actores que exigen cambiar unos instrumentos que son herederos de la Segunda Guerra Mundial como el Consejo de Seguridad, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional con objeto de hacer repartos más equitativos porque los acusan con razón de adolecer de un déficit de representatividad. Pero el tiempo tampoco se detiene y mientras lo anterior desaparece y se instaura un orden nuevo, ocurren crisis en Crimea o en el Mar de China, algo típico de los períodos de transición.

Esa aceleración del tempo histórico nos desconcierta porque a veces va más deprisa que nuestra capacidad de adaptación. Según el informe que acaban de publicar PwC y ESADE sobre "España en el mundo 2033", en el modelo productivo de las próximas décadas "la innovación será la base de todo". Algunas decisiones económicas no se toman hoy en Madrid sino en Bruselas (o en Berlín) y las empresas que mejor aguantan son las que han sido capaces de reconvertirse en muy poco tiempo y exportar lo que antes colocaban en un mercado nacional que se ha hundido. Pero no hay que temer a los cambios porque sin ellos no hay evolución y sin evolución e innovación no hay futuro. Pienso que lo rígido se acaba quebrando y que solo permanece lo que es flexible. Soy un firme defensor de los valores de la Transición pero creo que hoy su modelo está caduco, el estado de las autonomías con su "café para todos" se hizo para complacer a vascos y catalanes que cuarenta años más tarde siguen sin estar cómodos en su seno. Los primeros han iniciado un debate parlamentario sobre el tema y los segundos, aprendices de brujo donde los haya, han perdido el control del proceso soberanista y nos van a meter a todos en un buen lío. También nuestros partidos políticos están caducos y necesitan cambiar para que defiendan los intereses ciudadanos por encima de los propios, sean más transparentes y eliminen la corrupción que los corroe. Solo así recuperarán el apoyo de la ciudadanía. Quizás incluso necesitamos un nuevo acomodo constitucional que nos permita otros cuarenta años de convivencia civilizada. Si antes tuvimos Transición ahora necesitamos Consolidación. Todo eso exige cambios y no hay que tenerles miedo porque el cambio está en nuestros genes. Lo esencial es que los hagamos por consenso, a partir de la legalidad vigente, sabiendo dónde queremos llegar y sin violar las normas que rigen nuestra convivencia porque si no, no habrá cambio sino caos y todos saldremos perdiendo.


Añade un comentario

Tienes que estar identificado para poder comentar. Puedes hacerlo mediante tu cuenta de Twitter o Facebook. A continuación tu comentario será moderado hasta que se verifique tu identidad.