Paso adelante en Colombia

"La paz es importante para Colombia, no solo para evitar muertes sino para poder desarrollar plenamente un país con una clase media floreciente, rico en materias primas y cuyo PIB ya es el tercero de América Latina por detrás de Brasil y de México pero por delante de Argentina."
Jorge Dezcallar 21/03/2014

Es el que acaba de dar el presidente Santos en las elecciones legislativas del domingo 9 de marzo de donde ha salido un parlamento bicameral que apoya su línea política. Santos respira aliviado aunque las elecciones también hayan consagrado como líder de la oposición al expresidente Álvaro Uribe, convertido en el crítico más duro al plan de paz que el primero negocia desde hace algunos meses con la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). La buena noticia es que las elecciones se han celebrado sin violencia, la mala es la corrupción (compra de votos) y la alta abstención (57%) pues será este Congreso el que deberá aplicar los eventuales acuerdos de paz, una abstención que muestra tanto desapego hacia la política en general como escepticismo sobre el resultado final de las negociaciones en curso.

Es una paradoja constatar cómo los planes de Santos solo han sido posibles tras la estrategia erradicadora de extrema dureza impulsada por Uribe durante sus años de gobierno, conocida como "política de seguridad democrática" que, para mayor ironía, ejecutó el propio Santos como ministro de Defensa. Uribe piensa ahora que Santos es un blando que le está concediendo demasiado oxígeno a los guerrilleros y quiere a las FARC rendidas a sus pies sin negociaciones ni condiciones. Santos sabe que eso no sucederá y que si realmente se quiere acabar con un conflicto que ha costado más de 200.000 muertos (se dice pronto) desde 1958 y unos cinco millones de desplazados, es preciso embarcarse en una negociación aprovechando que la guerrilla está también harta de lucha porque se ha dado cuenta de que, en contra de sus expectativas durante muchos años, hoy ya no es posible derrotar al estado de derecho. Merece respeto el alto riesgo el que asume el presidente Santos al vincular su futuro político con esta negociación.

Es esta coincidencia de apreciaciones entre el gobierno de Santos y las FARC lo que ha permitido abrir unas complicadas negociaciones que pretenden dejar atrás la violencia y reincorporar a los guerrilleros a la vida política. No es un objetivo tan radical si se considera que la presidenta de Brasil, Dilma Roussef, es una antigua guerrillera y que el uruguayo Mújica fue en su juventud un tupamaro. Otros antiguos guerrilleros participan hoy en la vida política de Guatemala, Nicaragua o El Salvador. No se trata de que los miembros de las FARC renuncien a sus ideas sino de que las defiendan por métodos pacíficos y dentro del juego político democrático. Pero eso no es fácil, los colombianos han sufrido mucho y les cuesta aceptar que se sienten el el Parlamento quienes hasta hoy han empuñado las armas y aún siguen sin renunciar a su uso. Por eso la impunidad no es una opción ni el Tribunal Penal Internacional puede hacer la vista gorda sobre crímenes de guerra o crímenes contra la Humanidad. Por otra parte, tampoco cabe pensar que los guerrilleros vayan a dejar las armas después de luchar décadas por una causa que creían y aún creen justa para ingresar en las cárceles colombianas. Hará falta mucha imaginación y mucha buena voluntad por ambas partes para encontrar una solución.

Como señalaba al principio, las elecciones respaldan la línea negociadora del presidente Santos pero, al mismo tiempo, han dado más poder a su principal adversario, el expresidente Uribe y a su nuevo partido Centro Democrático. El sentido común aboga por una aproximación de posiciones entre ambos por el bien de Colombia recordando la fructífera época en la que ambos colaboraron con mucho éxito, pero no es seguro que eso suceda. El 25 de mayo habrá elecciones presidenciales y Santos procurará la reelección para continuar su política negociadora.

Sus perspectivas son buenas. Mientras, la negociación se alarga porque los guerrilleros esperan a ver quién gana y con quién tendrán que entendérselas.

En las negociaciones de La Habana se han producido avances en los capítulos de desarrollo agrario (acceso a la tierra, infraestructuras, vivienda, subsidios, educación, sanidad) y participación política de los guerrilleros. No es poco lo logrado hasta ahora pero falta aún negociar temas muy complicados como el abandono por las FARC del negocio de las drogas (que la hace una guerrilla muy bien financiada y muy desprestigiada); el capítulo sobre las víctimas con reconocimiento de los daños causados (el gobierno ya lo ha hecho) y sin que haya impunidad; el fin del conflicto, que implica desmovilización total, entrega de las armas, creación de una comisión de la verdad y el compromiso de utilizar vías pacíficas y, por fin, la implementación, verificación y refrendación (las FARC querrían refundar el Estado con una asamblea constituyente y una nueva constitución, mientras el gobierno se niega y ofrece un referéndum).

La paz es importante para Colombia, no solo para evitar muertes sino para poder desarrollar plenamente un país con una clase media floreciente, rico en materias primas y cuyo PIB ya es el tercero de América Latina por detrás de Brasil y de México pero por delante de Argentina, sangrada por la inepcia de sus gobiernos. Hay minas y pozos de petróleo en zonas remotas que están bajo control de la guerrilla y que hoy no es posible explotar.

Si las negociaciones en curso prosperan será la hora de hablar desde una posición de fuerza con el otro grupo guerrillero, el ELN (Ejército de Liberación Nacional). España debe apoyar activamente estos procesos.

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