Por una vida mejor

"La vida es muy dura en África, muchos de cuyos países están en la mismísima cola mundial en los índices de desarrollo humano, los más atrasados del mundo en servicios sociales como sanidad o educación, países donde las tasas de natalidad y mortalidad son altísimas, la esperanza media de vida apenas llega a los 45 años."
Jorge Dezcallar 26/08/2014

Me ha impresionado mucho la historia que leí días pasados en la prensa sobre una niña de apenas un año que había sido rescatada en una patera cercana a nuestras costas. Hasta aquí nada extraño, pues las pateras arriban a diario durante el verano y son numerosos los menores embarcados en ellas. Lo que es diferente en este caso es que la pequeña era realmente muy pequeña, viajaba sola y no estaba a cargo de ningún adulto. Al parecer fue descubierta una vez que el resto de inmigrantes abandonaron el bote y ella se quedó sola, en el fondo de la embarcación, sin que nadie se hubiera ocupado de desembarcarla. Pudo haber muerto ahogada o pisoteada durante la travesía sin que nadie le prestase la menor atención.

Pero ella, fuerte como esos pinos que salen de grietas inverosímiles en nuestros acantilados, sobrevivió y llegó a Eldorado. Las voluntarias de la Cruz Roja que la descubrieron, imagino que tiritando, se entusiasmaron con ella y la llamaron Princesa. Sus imágenes en televisión muestran una preciosa cría de enormes ojos negros que miran con sorpresa y curiosidad cuanto la rodea. No lloraba, seguramente no le quedaban ya lágrimas o desde sus primeros días había comprendido su inutilidad en el mundo cruel en el que le había tocado nacer. Al parecer sus padres la habían lanzado dentro de la patera que ellos, por razones desconocidas, no habían abordado. El caso es que los padres de Princesa, que luego se ha sabido que en realidad se llama Fátima, como la hija del profeta, no viajaron y ella llegó sola a nuestras costas.

Un padre o una madre tienen que estar muy desesperados para separarse así de una hija incapaz de valerse por sí misma. Supongo que muchos lectores de este artículo son padres o madres y les sugiero que se detengan un momento y traten de colocarse en la situación de los padres de Fátima aquella noche en una solitaria playa marroquí. ¿Imaginan el horror de la decisión que tomaron, podrían ustedes hacerlo? Y sin embargo los padres de Fátima lo hicieron, la arrojaron sola dentro de aquella embarcación que partía hacia lo desconocido en la oscuridad de la noche. ¿Por qué lo harían? Lo más probable es que ellos también pensaban abordar la patera cuando algo se lo impidió, quizás la inesperada aparición de la policía marroquí, de forma que cuando la niña ya estaba embarcada ellos no pudieran hacerlo y se quedaron en la playa viendo impotentes „y desesperados„ cómo se alejaba la barca. Pero también es posible que los padres no pudieran pagar el alto precio que por la travesía exigen de antemano y al contado los traficantes de carne humana y decidieran meter a su pequeña de contrabando con la esperanza de que alguien en España se hiciera cargo de ella. O quizás fue un frío y arriesgado cálculo paterno sobre la posibilidad de que si la niña llegaba sana y salva a su destino, les buscaran a ellos y les permitieran reunirse con ella en España... En cualquier caso es un drama porque la emigración siempre lo es y más cuando implica la separación de una familia, pero en este caso quiero creer que es un drama motivado por el amor de unos padres deseosos de que su hija tenga una vida mejor que la que ellos han tenido y de la que podían ofrecerle.

La vida es muy dura en África, muchos de cuyos países están en la mismísima cola mundial en los índices de desarrollo humano, los más atrasados del mundo en servicios sociales como sanidad o educación, países donde las tasas de natalidad y mortalidad son altísimas, la esperanza media de vida apenas llega a los 45 años (y los que los alcanzan parecen viejos de 70) y enfermedades a veces inocuas se llevan a la gente a la tumba como sucedía entre nosotros en el siglo XVIII cuando los ocho hijos de la duquesa de Lorena murieron uno tras otro de escarlatina. Igual que sucedía entonces en Europa, hoy en África la muerte sigue formando parte del paisaje cotidiano para mucha gente y no me refiero a epidemias como la malaria, el sida o el mismo ébola, que matan gente por centenares, sino a lago más vulgar y cotidiano. En uno de mis viajes por Africa occidental conocí a una mujer que había tenido gemelos pero cuya leche solo daba para amamantar a uno y tuvo que decidir a cuál dejaba vivir. Me dijo que había escogido al que le pareció más débil de los dos, en lo que debió ser una espantosa decisión. Me lo contaba con una naturalidad y resignación que no he podido olvidar. En otra ocasión di el pésame a un ministro africano que acababa de perder a mujer y seis hijos en un accidente de aviación y me contestó con un sorprendente "no se preocupe, señor embajador, tengo otros". Luego supe que tenía otras tres mujeres y muchos más hijos. Son realidades que coexisten en el tiempo, a solo unos kilómetros de distancia, con nuestras playas y nuestro veraneo.

A veces conviene pararse un momento, dejar de lado el gin-tonic playero y pensar en la suerte que tenemos y si no deberíamos hacer algo más por personas como nosotros que se tienen que separar de un hijo echándolo dentro de una patera de suerte incierta como única esperanza de darle una vida mejor.

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