Se puede hacer mejor

"El Estado tiene muchas otras cosas de las que ocuparse, empezando por procurar que el país funcione, que usted y yo veamos que nuestros impuestos se gastan correctamente y no en tarjetas para que los jerifaltes de Caja Madrid."
Jorge Dezcallar 21/10/2014

No aprendemos. Berlanga estaría disfrutando con este espectáculo y quizá hasta lo convertiría en película con Ana Mato como desquiciada protagonista del sainete. A mí me da rabia y me da pena. Tropezamos una y otra vez en la misma piedra. Aznar no entendió inicialmente la gravedad del Prestige y no se ensució los zapatos con el chapapote como esperaba el personal que hiciera, y ahora Rajoy ha tardado cinco largos días de desgobierno, falta de explicaciones y alarma generalizada antes de marginar a la patética Mato y poner a la Vicepresidente a cargo de la gestión de la crisis del ébola. En ambos casos las cosas se empezaron a hacer bien cuando se rectificó. Si Obama ha nombrado un Zar, también nosotros tenemos una Zarina.

Son muchos los asuntos que plantea el ébola en España, empezando por la conveniencia o no de repatriar a los dos misioneros infectados. En mi opinión el Estado ha hecho lo que debía porque abandonarlos a su suerte era dejarlos morir sin remisión y traerlos significaba una esperanza de vida que desgraciadamente falló. Pero había que intentarlo. El Estado no debe intervenir siempre, por ejemplo, no debe pagar rescates por ciudadanos secuestrados por terroristas que luego usarán ese dinero para secuestrar a otras personas, porque viven de eso. Y la forma de asfixiarles es no pagar, por duro que sea, que lo es, como cuando vemos a esos pobres rehenes del Estado Islámico vestidos con un mono naranja y degollados ante las cámaras. No cabe mayor salvajismo porque lo hacen para chantajearnos. Pero no se puede ceder porque en este caso el bien que se lograría a corto plazo sería fuente de males mayores en el futuro, por difícil que resulte explicar eso a las familias. Tampoco me vale el caso del espeleólogo herido a 400 metros de profundidad en una cueva peruana, donde un hombre de su experiencia debe saber que un resbalón en aquellas húmedas y oscuras profundidades entra dentro de lo probable. En mi opinión quienes se dedican a estos deportes de alto riesgo deben hacerlo con un buen seguro que les garantice el socorro cuando lo necesiten. El Estado debe ser en este caso el último recurso porque tampoco se trata de dejarle morir en aquella sima y en este caso ha sido bonito ver cómo sus colegas se movilizaban para sacarle del agujero pues nadie mejor que ellos para hacerlo. Por eso no me parece justo acusar al Estado de pasividad en este caso.

El Estado tiene muchas otras cosas de las que ocuparse, empezando por procurar que el país funcione, que usted y yo veamos que nuestros impuestos se gastan correctamente y no en tarjetas para que los jerifaltes de Caja Madrid, un banco rescatado con mis dineros y los de usted, se vayan de safari, se compren ropa lujosa o cenen en restaurantes de campanillas mientras arruinaban con sus preferentes a miles de pequeños accionistas, en un indignante alarde de desvergüenza. Para que los bomberos y las ambulancias lleguen con rapidez cuando son necesarias, para que la Justicia sea rápida, para que se combata la corrupción, para que tengamos seguridad, sanidad, educación, transportes y trabajo, que no es poco. Y durante esta crisis, el Estado no ha funcionado como debiera, ha sobrado buena voluntad y ha faltado eficacia. Traer a los misioneros, loable en principio, exige también estar preparados para acogerlos con garantías, con un hospital de infecciosos que no hubiera sido cerrado por los recortes, con trajes de aislamiento cuyas mangas no quedasen cortas, con suficiente entrenamiento por parte de quienes se los enfundaban.. También está muy bien permitir el uso de las bases de Morón y Rota (y el aeropuerto de Las Palmas) en la lucha contra el ébola, pero no hubiera costado nada explicarlo de antemano a la opinión pública. Parece que ahora hay mayor criterio en la gestión de la crisis pero hay que admitir que algunas cosas se han hecho chapuceramente.

Pero si la administración podía haberlo hecho mejor, también algunos periodistas han tratado el problema con un tremendismo que ha aumentado la alarma social. No solo hay responsabilidades políticas, también las hay deontológicas.

Por último, es triste reconocerlo pero siempre pasa lo mismo, tienen que morir blancos para que nos preocupe de verdad una epidemia que lleva varios meses matando en dos de los países más pobres del mundo. Ahora sí, cuando el virus ha saltado a Europa y América, cuando somos nosotros los infectados, es cuando saltan las alarmas y se movilizan fondos para buscar una vacuna. Está muy bien pero pienso que la mejor forma de combatir el virus del ébola es ir a buscarlo allí donde ha nacido, en África, para matarlo en su misma cuna. Los norteamericanos han montado varios hospitales militares en Liberia y Sierra Leona y los británicos han enviado un barco hospital a aquellas aguas que pueden tratar a los nativos y también evitar repatriaciones y riesgos de contagio en el Primer Mundo. Son esfuerzos importantes que se añaden al trabajo que ya desarrollan sobre el terreno, aunque con menores medios, los misioneros de San Juan de Dios o Médicos Sin Fronteras. Todos ellos merecen apoyo y respeto.

Lo único positivo de esta epidemia es que la alarma social que ha originado junto con la justificada indignación por los abusos de Caja Madrid han retirado de la primera página de los periódicos la charlotada catalana, que es una chapuza aún mayor.

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