Sucesión en Riad

"El problema es que necesitamos a los dos, a Arabia Saudí y a Irán, para combatir al sanguinario Estado Islámico, para estabilizar Irak y para encontrar una solución en Siria".
Jorge Dezcallar 09/02/2015

Oriente Medio está hecho unos zorros y va y se nos muere el rey más importante de la zona en un momento complicado, aunque todos allí lo son, cuando los huthis bombardean Sanaa, el Estado Islámico nos horroriza, Israel y Hizbollah se enseñan los dientes (y matan a un soldado español), Al Assad se aferra al sillón y el petróleo vale poco con consecuencias nefastas en Rusia, Irán, Venezuela o Nigeria.

Arabia Saudí es de los países peor conceptuados en materia de derechos humanos según el Freedom House Report de 2014. Los viernes a medio día se cortan cabezas y manos en público en el zoco de Riad y a veces se lapida a alguna adúltera. Un redoble de tambor lo anuncia, la gente se arremolina y algunos empujan a sus hijos hacia el lugar del suplicio para que tomen ejemplo escarmentando en cabeza ajena y nunca mejor dicho. No me lo invento, lo he visto. Y sin embargo, cuando muere el monarca de este paraíso los líderes mundiales van a rendirle homenaje. Allí fueron el Rey Felipe VI y el Presidente Hollande. También Obama. La respuesta está en la riqueza del país, que compra trenes y armas, en el papel que juega en la geopolítica regional y, por supuesto, en sus ingentes reservas de petróleo que el mundo necesitará durante muchos años aún. Aquí cabría decir que Saudia bien vale una circuncisión como en su día París le valió una misa a Enrique IV.

Arabia Saudí es como una finca propiedad de la familia Al Saud, que incluso ha dado nombre al país, un gigante con pies de barro que gasta la friolera de 130.000 millones de $ anuales para comprar estabilidad interna y para financiar a grupos salafistas en el exterior, hasta el punto de reabrir estos días el debate sobre su posible implicación en los atentados del 11 de septiembre y su apoyo a Al Qaeda. El rey Abdelaziz, fundador de la dinastía, tuvo 44 hijos pero los más poderosos son los del clan Sudeiri, descendientes de la esposa favorita del monarca. Son sudeiris los dos últimos reyes Fahed y Abdullah, el actual Salman y también su hermano Murqrin, que es el nuevo príncipe heredero. El rey Abdullah fue un monarca relativamente progresista (para lo que se usa en Arabia Saudí) que dió 20 años de estabilidad al reino. Su sucesor, Salman, habitual de Marbella, es un hombre de 80 años con poco recorrido aparente y con facultades mentales algo mermadas tras un infarto, que durante años fue el encargado de financiar a los muyajidines que combatían contra los soviéticos en Afganistán, a los musulmanes bosnios en la guerra con Serbia y hacia grupos islamistas radicales. Se alinea así con los sectores más reaccionarios del establishment wahhabita del país -que ya es decir- y por eso una de sus primeras medidas ha sido cambiar al ministro de Justicia y al jefe de la Policía religiosa por gentes más conservadoras. Los otros cambios han sido para reforzar su posición en el Servicio de Inteligencia y en el Consejo de Seguridad Nacional y para quitar influencia a los hijos del rey difunto (que cometió el error de morir antes que él) en favor de sus propios hijos. Ha mantenido, sin embargo, a los poderosos ministros de Asuntos Exteriores y de Petróleo para enviar un mensaje de continuidad en estos dos ámbitos tan importantes.

A corto plazo Salman debe enfrentarse a un posible acuerdo P5+1-Irán que acabe con las veleidades iraníes de dotarse de un arma nuclear, lo que implicaría también el regreso de Teherán a la geopolítica regional como el peso pesado que siempre ha sido, desde los tiempos de Darío y los safávidas. Esto es algo que pone de los nervios a Tel Aviv y también a Riad y a Ankara. A los israelíes porque no se fían un pelo de los ayatollas y a los segundos porque lideran a los sunnitas enfrentados por el dominio regional a los chiítas cuyo jefe de filas es precisamente Teherán. El rey Abdullah le pidió a Obama en 2008 "cortar la cabeza de la serpiente" iraní sin miramientos, pero Obama no lo hizo y además negocia con Teherán porque los EEUU necesitan ese acuerdo para estabilizar la región y poder dedicarle más tiempo al área Asia-Pacífico, centro económico del planeta y donde es preciso contener a China.

El problema es que necesitamos a los dos, a Saudia y a Irán, para combatir al sanguinario Estado Islámico, para estabilizar Irak y para encontrar una solución en Siria y aquí la influencia de Teherán sobre los huthis, Hamas, Hizbollah, los alawitas de Siria y los chiítas de Irak puede ser determinante y los americanos lo saben. Por eso es crucial el rey Salman y por eso han ido a visitarle los grandes de este mundo, dejando de lado el deleznable récord de su país en materia de derechos humanos. Pelillos a la mar.

Tranquiliza algo a Riad el hecho de que no parece que un acuerdo con Irán fuera a tener efectos importantes a corto plazo sobre el mercado del petróleo pues Irán produce ahora 1,4 millones de barriles día y para volver a los 2,5 anteriores a las sanciones precisa tiempo, tecnología e inversiones que el actual bajo precio impuesto por Arabia Saudí no facilita.

Arabia Saudi es frágil internamente, Turquía está en plena deriva autoritaria e islamizante y Egipto está concentrado en sus problemas internos. Por eso creo que el regreso de Irán podría ser positivo para la región. Y los que se pongan nerviosos que beban agua.

Añade un comentario

Tienes que estar identificado para poder comentar. Puedes hacerlo mediante tu cuenta de Twitter o Facebook. A continuación tu comentario será moderado hasta que se verifique tu identidad.