The Monuments Men

"Recuérdese el vandalismo contra las estatuas del faraón hereje Akenatón, los destrozos de los iconoclastas bizantinos, la destrucción de los ídolos aztecas tras la Conquista, la furia de la Reforma protestante contra la imaginería religiosa católica, la quema de libros por la Inquisición, por Hitler o por los Jemeres Rojos, el saqueo de reliquias históricas por la Revolución Cultural de Mao, la destrucción de mezquitas en Bosnia..."
Jorge Dezcallar 16/03/2015

Rabia e impotencia son mis sentimientos predominantes cuando veo a esos fanáticos del Estado Islámico destrozar a martillazos los tesoros artísticos del museo de Mosul o meter bulldozers para arrasar construcciones de millares de años en Nimrud o en Jatra con el objetivo de borrar de la memoria todo el pasado del país anterior a la llegada del Islam.

He tenido la inmensa fortuna de visitar Nimrud y Jatra, al norte de Irak, como también visité Ur y Babilonia, al sur. Irak es como Siria, un país de gran riqueza histórica, artística y arqueológica. Junto al zigurat de Ur, ciudad sumeria y patria de Abraham, sobre el Éufrates, tuve que hacer acopio de toda mi honradez para no coger una de las muchas tablillas de arcilla escritas con caracteres cuneiformes que estaban tiradas por el suelo sin que nadie pareciera vigilar el lugar. La zona que hoy ocupan Siria, Irak, Israel, Jordania y Palestina está en el origen de lo que hoy somos y pensamos. Allí nació la agricultura hace 12.000 años y con ella los primeros asentamientos humanos permanentes, la escritura, el comercio, las religiones y los  imperios: hititas, caldeos, asirios, babilonios...

Ha sido una zona ambicionada por conquistadores desde los faraones y Alejandro hasta los árabes, pasando por los seléucidas, los mongoles y los cruzados. Allí la historia se amontona sobre sí misma y como ejemplo la mezquita de los Omeyas, en Damasco, está construida sobre un templo a Baal convertido por los romanos en santuario a Júpiter y más tarde en iglesia bizantina. Cuando llegaron los musulmanes islamizaron el lugar sin destruir ni las columnas corintias de su entrada ni los bellos mosaicos de sus paredes. Se ve que eran tiempos de mayor tolerancia. Aún hoy el cuerpo de san Juan Bautista sigue ocupando un lugar central en la mezquita. Y en Maalula la gente habla arameo, que es la lengua en la que se expresaba Jesús. Entre el Tigris y el Éufrates se situaba el Paraíso Terrenal y las tres grandes religiones monoteístas proceden de Oriente Medio. No hay quién de más, es imposible dar un paso en aquellas tierras sin toparte con la Historia (¡cerca de Damasco le enseñan a uno la tumba de Abel!) que los fanáticos del Estado Islámico quieren destruir a martillazos. Da pena y da rabia.

Es cierto que peor es crucificar, degollar, quemar o esclavizar a los enemigos...que pueden ser cualquiera que no comparta su estrecha versión del Islam, como esos trabajadores egipcios degollados en Libia por ser cristianos coptos. Pero destruir piezas únicas, manuscritos milenarios, estatuas que hoy son puro arte pues han perdido el sentimiento religioso que un día pudieron despertar y que por eso no cabe considerar heréticas, ciudades, palacios, templos...esos toros alados en granito, ladrillo o azulejos propios de la gran civilización asiria... todo eso me produce una tristeza inmensa. Siempre he criticado el expolio colonial y lo que lord Eglin hizo con los frisos del Partenon, pero visto lo visto estos días, casi me alegro de que las grandes puertas de Babilonia (y el famoso Friso de los Arqueros) fueran robadas tiempo atrás y se exhiban hoy en el museo de Pérgamo de Berlín. Así, si un día estos salvajes llegaran hasta Babilonia, solo podrán destruir sus copias...

No es que esto no haya ocurrido antes, también la guerra civil siria ha producido destrozos en Alepo o en la fortaleza cruzada del  Krak de los Caballeros y cuando la invasión americana en 2003, ladrones y delincuentes entraron en el museo de Bagdad y robaron cuanto pudieron. Hoy en el norte de Irak se esconden mosaicos bajo capas de tierra, se ocultan estatuas en cuevas (como se hacía con las vírgenes en tiempos de Almanzor) y se preservan viejos manuscritos entre tabiques para salvarlos de este salvajismo iconoclasta que tampoco es nuevo: recuérdese el vandalismo contra las estatuas del faraón hereje Akenatón, los destrozos de los iconoclastas bizantinos, la destrucción de los ídolos aztecas tras la Conquista, la furia de la Reforma protestante contra la imaginería religiosa católica, la quema de libros por la Inquisición, por Hitler o por los Jemeres Rojos, el saqueo de reliquias históricas por la Revolución Cultural de Mao, la destrucción de mezquitas en Bosnia... Y luego esto, no contentos con destrozar los Budas gigantes de Bamiyán, ahora arrasan ciudades enteras. Me recuerdan una película narrada por Marie Casares que se proyecta en Varsovia y que muestra la metódica destrucción de la ciudad en 1944 con saña nazi y precisión alemana. No hay nada más parecido a un fanático que otro fanático.

Los actuales destrozos en Nimrud y Jatra se hacen para borrar el pasado pre-islámico, pero también por la propaganda que les da a los yijadistas y que les permite reclutar a otros combatientes tan fanatizados como ellos, por ignorancia del valor de lo que rompen, por odio hacia lo que no comprenden, por un fanatismo que no soporta lo que difiere de su Única Verdad Revelada y por la ingenuidad de querer reescribir la historia. No se si también influye la sospecha de saberse no únicos sino eslabones de una larga cadena de pueblos, ideologías y religiones que han pasado por Oriente Medio, como también el Islam pasará, y eso es lo que en el fondo adivinan y temen esos bárbaros, cuyo comportamiento nos retrotrae a los momentos más oscuros y tristes de la Historia. ¡Dan ganas de enviarles al equipo de la película The Monuments Men!

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