Ucrania y Unión Europea. ¿Dos destinos compartidos?

"La virtud del eje franco alemán [en los acuerdos de Minsk II sobre Ucrania] ha sido que frente al riesgo real de conflicto ha visualizado el pulso de la preservación de la salud institucional de la Unión Europea frente a Rusia. La consolidación de esta imágen y su transformación en un reforzamiento de la PESC tanto en términos diplomáticos como militares es nuestra garantía máxima para la supervivencia."

Debemos de ser conscientes que la banalidad de la imagen televisiva no nos protege de la banalidad del mal. Ésta es la lección cotidiana de la enseñanza de Hannah Arendt a los ciudadanos europeos que contemplamos la grave crisis de Ucrania mientras saboreamos un plato de comida o tomamos un café.

Desde un punto de vista humano, y de civilización europea, no podemos repetir lo que fue nuestra vergüenza, la guerra de los Balcanes. Y desde un punto de vista político, no debemos de construir el muro del olvido, como terapia para protegernos de un mundo convulso que se nos está aproximando peligrosamente y de una geografía europea, que tras la desaparición del Muro de Berlín, está recuperando su protagonismo histórico natural.

A los europeos, la crisis de Ucrania, nos ha situado ante el espejo de nuestras debilidades, ante los riesgos de la parálisis en el dinámico proceso de construcción de la Unión Europea, ante nuestros miedos para avanzar en una soberanía europea compartida lo que nos impide activar con más interés y realismo que nunca el espíritu de integración,....y sobre todo ante el desafío de una realidad doméstica, de una política vecindad y de una sociedad internacional que nos obliga a ser más Europa que nunca.

La crisis de Ucrania, desde la explosión cívica de la Plaza de Maidan de Febrero del 2014 reivindicando el proceso de adhesión de Ucrania en la Unión Europea tiene su espoleta en una ciudadanía mayoritaria que considera la Unión Europea, la casa común en la que acogerse porque es sinónimo de democracia, seguridad, oportunidades vitales para todos, solidaridad y bienestar.

Desde 2005, Ucrania, tenía abierta las negociaciones con la UE y en Noviembre del 2013, a las puertas de los acuerdos, el gobierno de Ucrania las interrumpió abruptamente. El motivo de fondo: la decidida apuesta de Rusia por mantener a Ucrania en su perímetro de influencia. mediante un instrumento intergubernamental como la Unión Aduanera. Ésta Unión, al igual que lo es la Unión Euroasiática, era y es un modo de empezar a articular el espacio postsoviético europeo y en consecuencia la salida de Ucrania suponía y supone un debilitamiento estructural de la posición de Rusia en la larvada estrategia por el dominio de los espacios de influencia en esa zona por parte de Rusia y la Unión Europea.

Sin embargo, para la  mayoría de la población de Ucrania, a pesar de su dependencia energética respecto a Rusia y el uso que ésta hace de esta fortaleza como arma estratégica de dominio, Europa era y es la esperanza.

Su historia política nos recuerda que ha sido un país inestable sacudido a lo largo de los siglos entre el antiguo Reino de Polonia y los Imperios Rusos, Austro-Húngaros y Otomanos. Y como todo País sujeto a los vientos agresivos de la historia política europea busca su estabilidad política, institucional y económica en el seno de la casa común, la Unión Europea.

No siendo esto suficiente, los europeos no podemos olvidar que con Ucrania tenemos una deuda. El Memorándum de 1994 firmado en Budapest, entre Rusia, Ucrania, EEUU e Inglaterra, garantizaba la unidad territorial de Ucrania en justa correspondencia con el desmantelamiento de su Arsenal nuclear. El desmantelamiento se produjo y la unidad territorial con la anexión de Crimea ha "debilitado las promesas" que se le hicieron a Ucrania tal y como ha señalado el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon. ¿Somos capaces de imaginar un conflicto como el actual sin el desmantelamiento del Arsenal nuclear?

En este contexto la intervención activa de Francia y Alemania, en los acuerdos de Minsk II, junto a Rusia y Ucrania, es un dato relevante tanto en el significado de la apuesta de Europa por Ucrania como en términos de la política exterior y de seguridad común. Sin olvidar lo más importante, los acuerdos a pesar de su fragilidad tienen como misión encauzar un torrente de conflicto. Sin los acuerdos tendríamos un riesgo real de que la riada de destrucción se extienda peligrosamente y nos lleve a un conflicto armado. Y la visualización del eje franco alemán en dichos acuerdos abre una luz de esperanza para aquellos que creemos en más Europa como terapia a la enfermedad actual de Europa.  

El paso dado por el eje franco alemán es importante pero su consolidación es más necesaria que nunca dado el delicado escenario en el que nos movemos. Rusia sigue siendo una potencia nuclear de primer orden. Es una potencia con capacidades tecnológicas y un capital humano que mal enfocado tiene una capacidad destructiva significativa. Unas reservas energéticas de primer orden. Una potencia ártica central...

Pero también es cierto que esta inmerso en una delicada situación interna, tanto demográfica como económica, una inestabilidad creciente en su seno, una evolución de Asia Central que esta virando  a una progresiva independencia política de Rusia... Lo que nos informa de un escenario de debilitamiento progresivo de los objetivos perseguidos por Rusia con la Unión Aduanera y la Unión Euroasiática. Sin embargo, esta debilidad no debe confundirnos porque el Presidente ruso tiene una habilidad estratégica fuera de toda duda y una frialdad, adquirida en las trincheras de la guerra fría, que tiene a Europa como objetivo y que están excelentemente bien retratados por los profesores de la Universidad de Berkeley, Gérard Roland, Yury Gorodnichenko y Edward Walker, en el artículo conjunto que publicaron el 13 de Febrero en Project Syndicate.

En este contexto, la virtud del eje franco alemán ha sido que frente al riesgo real de conflicto ha visualizado el pulso de la preservación de la salud institucional de la Unión Europea frente a Rusia. La consolidación de esta imágen y su transformación en un reforzamiento de la PESC tanto en términos diplomáticos como militares es nuestra garantía máxima para la supervivencia.

Han quedado demasiados flecos abiertos, tal y como se está comprobando en las reuniones posteriores para el desarrollo del paquete de medidas de los acuerdos de Minsk II y la reunión del 24 de Febrero último, bajo el formato "Normandía", con cuestiones delicadas como el de la región de Mariupol (estratégica para Rusia) y asimismo el despliegue de las fuerzas de observación de la OSCE.

La coordinación alcanzada entre Francia y Alemania, hay que apuntalarla porque de lo contrario no hay capacidad de materializar la intervención emprendida. Porque paralelo al repliegue militar, la opción europea, como he dicho más de una vez, está en una política decidida de intervención en términos de desarrollo socio económico acompañado de una batalla frontal contra la corrupción política y administrativa.

En estos tiempos de fractura social y riesgo real sobre nuestra seguridad y estabilidad, estamos obligados, ahora más que nunca, a recordar permanentemente la filosofía de los padres fundadores de nuestra Unión Europea. La civilización y la solidaridad frente al horror de la barbarie y de la insolidaridad, como el santo y seña para la búsqueda de la Unión. Y las palabras finales de Jean Monnet en sus Memorias, la idea fuerza en las que perseverar.

Es bueno tenerlo muy presente, aunque parezca redundante, para que el horror iniciado en 1914 y que prosiguió hasta principios de la década de los 50 en el continente europeo nos mantenga alertas y la banalidad de la imágen se transforme en nuestro sufrimiento y el de nuestros hijos. En este sentido, es bueno refrescar la memoria con la lectura del excelente trabajo del historiador Keith Lowe sobre el paisaje de un caos tanto por el proceso de recomposición del espacio político europeo acordado en Yalta como por los demonios propios del ser humano y del antisemitismo en particular que seguía anidado en la sociedad europea. Los acontecimientos recientes en Europa, los conflictos internos en Macedonia... son un botón de muestra de que los rescoldos del fuego que asoló Europa exigen todavía vigilancia. De ahí la importancia del movimiento coordinado de Francia y Alemania respecto a Rusia.

La historia de la Unión Europea nos dice que este proyecto nació para hacer frente al desastre que asoló Europa y como respuesta a una Europa dividida en bloques antagónicos, la guerra fría como su piedra angular y unos europeos que, frente al desafío de la Unión Soviética, tenían necesidad de instituciones comunes para avanzar juntos en bienestar y seguridad.

Es bueno recordar, porque la convulsa geografía política de Europa está aflorando cual fantasma del pasado, y los principios básicos que dan fuerza y sentido al Tratado de la Unión no están pasando su mejor momento. Paralelamente, una nueva sociedad internacional está tomando cuerpo, una nueva geografía económica está emergiendo de manera imparable, una revolución tecnológica está en marcha, y a estos nuevos desafíos para la Unión se le suman los viejos y nuevos problemas internos de Europa.

La crisis de Ucrania ha llegado en un momento histórico delicado para Europa. A los problemas de su gobernanza económica se le ha sumado el desafío de su gobernanza política.

La cuestión de Ucrania, en toda su crudeza, ha entrado en el corazón de la política europea y nos empuja a profundizar en la integración europea. Nuestra estabilidad y seguridad así lo exige. Y además es el único horizonte de legitimidad que dispone la Unión Europea para países como Polonia y los países bálticos que siempre buscaron en la casa común europea su espacio de libertades, de oportunidades y bienestar frente a años de dominación por parte de la Unión Soviética. Y entre tanto confían su seguridad en la OTAN y su bienestar en la UE.

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