Un rayo de esperanza en Túnez

"Túnez nos importa mucho por su cercanía y por el impacto que lo que allí suceda tendrá sobre otros países árabes. No en vano allí comenzó la Primavera Árabe que recorre las riberas sur y oriental del Mediterráneo y que se ha transformado luego en una gran decepción."
Jorge Dezcallar 27/10/2014

Túnez nos importa mucho por su cercanía y por el impacto que lo que allí suceda tendrá sobre otros países árabes. No en vano allí comenzó la Primavera Árabe que recorre las riberas sur y oriental del Mediterráneo y que se ha transformado luego en una gran decepción porque ha alumbrado una disputa por el poder entre laicos e islamistas que enarbolan concepciones opuestas del modelo de convivencia. Los islamistas se están llevando el gato al agua con su pretensión de poner a la religión en el centro de la vida pública, de la vida política y también de la vida privada, en una concepción totalizadora de la existencia. Por eso muchos intelectuales, desde Huntington a Sartori recelan de la compatibilidad última entre Islam y Democracia. Yo tengo cada día más dudas pues recuerdo una conversación con el líder islamista argelino Abassi Madani cuando me dijo que la democracia tenía para él un mero valor instrumental: servía solo para elegir a los mejores cuya única misión era aplicar la ley islámica "porque Dios no se somete a votación". El caso de Egipto que ha regresado a una dictadura militar para escapar de la dictadura religiosa de los Hermanos Musulmanes es paradigmático, aunque para ese viaje sobraran alforjas. En Siria, Libia y Yemen la Primavera Árabe ha dado luz a guerras civiles y en Irak a un conflicto donde se superponen todos los posibles: civil, religioso entre chiítas y sunnitas, y entre radicales entre sí.

Solo falta que los kurdos den el paso para crear su propio estado porque eso es algo que pone los pelos de punta en Irán o Turquía, que tienen importantes minorías kurdas dentro de sus fronteras. Escribo estas líneas en Estambul, donde es muy patente la preocupación que los ataques del Estado Islámico sobre Kobani están provocando entre la población kurda de Turquía (20%). Kobani es una ciudad siria poblada por turcos y situada junto a la frontera turca. No hay quién de más. La tensión es enorme y el gobierno turco ha llegado a sacar tanques contra manifestantes turco-kurdos que acusan a Erdogan de abandonar a sus hermanos en Siria por su excesiva complacencia con los islamistas radicales. Y es que Erdogan no solo es también islamista sino que quizás tenga más miedo a la creación de un estado kurdo que al mismo Estado Islámico. Al final no ha podido resistir la presión combinada de kurdos y americanos y ha accedido a ayudar a los sitiados de Kobane.

Pero no se fía nada de sus propios kurdos que están enfrentados a Ankara desde 1984 con un saldo de 40.000 muertos. Las cosas había mejorado pero lo que pasa en Kobane puede arruinar los logros de los últimos años. El temor de Erdogan resulta así explicable.

En este sombrío panorama Túnez es un caso aparte. Fue allí donde comenzaron las revueltas árabes con el suicidio en diciembre de 2010 de Bouazizi, un vendedor ambulante desesperado, que provocó la caída del régimen corrupto de Ben Alí y su posterior exilio. Desde entonces Túnez lucha por dotarse de una democracia que funcione. Las primeras elecciones en 2011 las ganó Ennahda, partido islamista "moderado" que formó un gobierno de coalición con dos partidos laicos para redactar una nueva Constitución para el país. Lo que parecía un ejemplo de civilidad se complicó porque pronto comenzaron los problemas en relación con el papel de la religión en la vida pública y eso se tradujo en desórdenes, ataques de islamistas fanáticos y asesinatos de políticos laicos. Este clima de violencia llevó a la renuncia del islamista Ghannouchi, a la formación de un gobierno de tecnócratas y a un diálogo nacional que ha permitido reducir la violencia, adoptar una ley electoral y convocar elecciones legislativas para el día 26 de octubre (las presidenciales son el 23 de noviembre). Son elecciones dominadas por temas económicos (crecimiento de 2,3%, desempleo del 15%, falta de inversiones), por el papel del Islam en la sociedad, por los problemas que plantea el millón de libios que se han refugiado en Túnez, y por la amenaza terrorista pues se calcula que 2.500 tunecinos han viajado a Irak para unirse a los combatientes del Estado Islámico y algunos regresarán un día convertidos en formidables máquinas de matar y encontrarán apoyos en AQMI (Al Qaeda del Magreb Islámico) que se ha radicalizado aún más al transferir su lealtad al propio Estado Islámico y a su califato universal.

La elección se decidirá entre los islamistas de Ennahda, el partido mejor organizado de Túnez, de Rachid Ghannouchi, y Nidaa Tunes (La llamada de Túnez) que dirige Beji Caed Essebsi, un partido que tiene cariz secular y acoge a liberales y también a miembros del antiguo régimen, hoy otra vez en alza. Todo apunta a que al final ambos tendrán que negociar un gobierno de coalición quizás abierto también a otros grupos menores y eso no es mala noticia para Túnez pues forzará a una moderación de las políticas islamizantes de los islamistas, valga la redundancia, y a la vez reflejará mejor la composición plural de la sociedad tunecina que el viejo Bourguiba, padre de la independencia, trató de secularizar como en Turquía hiciera Kemal Ataturk. Pero aquellos eran otros tiempos y hoy la convivencia con los islamistas parece inevitable. La duda es la de si ellos son capaces de convivir con gentes que no comparten su visión totalizadora.

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