Un volcán con tres bocas

Jorge Dezcallar 22/07/2014

Meteorológicamente el verano ha comenzado con ríos desbordados y fuertes granizadas en pleno mes de julio. Parece que el tiempo se ha vuelto loco. Para entenderlo hay que mirar más allá de los Pirineos para ver lo que sucede en el Polo Norte o los efectos del huracán Arthur mientras resbalaba por la costa american. Sus consecuencias nos afectan más de lo que pensamos y por eso un humorista ha sugerido dar a estos huracanes los nombres de los políticos que niegan el cambio climático y a mi me parece una idea estupenda. Con la política exterior ocurre lo mismo y hace falta tener una imagen global para comprender ciertos conflictos que aisladamente considerados son más difíciles de entender.

La actualidad exige referirse a Oriente Medio donde a falta de uno se superponen tres conflictos: el israelo-palestino, los derivados de la llamada Primavera Árabe que se ha marchitado y convertido en un invierno desapacible y la lucha despiadada entre chiítas y sunnitas en las tierras regadas por el Tigris y el Éufrates, donde en despiadada ironía la Biblia sitúa el paraíso terrenal. El primero enfrenta a hebreos y árabes y constituye una fuente de permanente humillación para los segundos. Los otros dos enfrentan a musulmanes entre sí. Todos se entrelazan como muestra el magnífico libro de Tomas Friedman From Beirut to Jerusalem. Todos nos afectan en forma de terrorismo y de inestabilidad en una región de cuyo petróleo dependemos. Todos dañan nuestra sensibilidad con terribles imágenes del sufrimiento de inocentes. Todos nos empobrecen moralmente.

El más antiguo opone a israelíes y palestinos desde que en 1948 las Naciones Unidas decidieron crear dos estados en el mandato británico de Palestina. Los israelíes aceptaron y los palestinos no, y ahí empezaron los problemas con guerras en 1949, 1956, 1967 y 1973; la invasión del Líbano en 1982 (Sabra y Chatila); las intifadas de 1987 y 2000 que cambiaron la percepción que el mundo tenía del conflicto al teñir de simpatía la causa de los oprimidos; y operaciones de castigo en Gaza en 2008 y 2012. Ahora la tensión regresa tras el asesinato de tres jóvenes israelíes que hacían autostop en la Cisjordania ocupada y la cruel venganza sobre un muchacho palestino. Para complicar más las cosas, los palestinos están divididos en dos grandes facciones, Fatah y Hamas, que dominan en Cisjordania y en Gaza respectivamente y que con mucho esfuerzo acababan de formar en junio un gobierno de unidad nacional que debía convocar elecciones dentro de cinco meses. Todo esto ahora puede saltar por unos aires que surcan cohetes palestinos cada vez más potentes dirigidos sobre ciudades israelíes cada vez más alejadas, mientras el ejército hebreo toma represalias contra quienes los disparan y provoca al hacerlo las muertes de muchos niños y mujeres inocentes. Será mucho peor si acaba habiendo otra invasión de la Franja.

Ha habido muchas tentativas de alcanzar la paz y Madrid lo sabe pues auspició una conferencia en 1991 donde por vez primera palestinos, árabes e israelíes se sentaron frente a frente. Rabin, Peres y Arafat consiguieron el premio Nobel por sus esfuerzos en 1994 y estuvieron a punto de lograrla en Camp David en 2000. A última hora, cuando estaban de acuerdo en un 98%, saltó el diablo que se esconde en los detalles, Arafat pensó que Clinton le engañaba y estaba conchabado con los israelíes y los demás contestan que tuvo miedo de firmar. El resultado fue que se siguieron matando, algo difícil de entender después de casi 70 años en los que todos han sufrido y de que los parámetros para el acuerdo sean conocidos y respaldados por americanos, europeos y la propia Liga Árabe: Israel tiene derecho a la seguridad y los palestinos a un estado con fronteras reconocidas sobre la base de las que tenían en 1967, con ajustes mutuamente aceptados. Además, ambas partes aceptan la solución de dos estados y por eso es lícito preguntarse por qué no la ponen de una vez en práctica y la respuesta es complicada porque hay israelíes que no quieren abandonar Cisjordania al creer que las bíblicas Judea y Samaria son "las tierras que Dios dio a nuestros padres"; porque hay palestinos (Hamas) que no reconocen la existencia del Estado de Israel y desearían echar a los judíos al mar (y por eso europeos y americanos los consideran una organización terrorista), igual que hay israelíes (como el ministro de Exteriores Lieberman) que quieren hacer una limpieza étnica y expulsar a todos los palestinos a Jordania; porque muchos israelíes temen razonablemente por su seguridad al estar rodeados de árabes poco amistosos; porque no se encuentra solución para el drama de los palestinos expulsados de sus tierras (he visitado sus campos de refugiados y he visto la miseria sin esperanza en la que vegetan); porque las dos partes quieren soberanía sobre Jerusalén, que no es un problema racional sino pasional para ambos porque los monoteísmos son intransigentes; y porque cualquier dirigente palestino teme que le corten la cabeza si cede en una negociación y cualquier gobernante israelí sabe que la coalición variopinta que le sustenta desaparecerá en el momento en que renuncie a los territorios que ilegalmente ocupa. Lo explica muy bien el israelí Avi Shlaim en su libro El muro de hierro. Y sin territorios no hay paz. Otro tema diferente es si Israel puede seguir siendo judío y democrático sin resolver el problema de la ocupación de territorios y la consiguiente absorción de poblaciones palestinas con más altas tasas de natalidad...

Es terrible pero acaba siendo más fácil matar que negociar, algo que estoy convencido de que solo podrían lograr con el empuje y las garantías americanas si no fuera porque los EE UU están muy escarmentados (el último fracaso de Kerry tiene apenas dos meses), tienen otros problemas y los poderosos lobbies judíos limitan mucho su margen de maniobra. Mucho me temo que seguirán matándose muchos años más por irracional que parezca en una especie que se dice inteligente y que comenzó a civilizarse precisamente en aquellas tierras.

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Esta semana el Congreso americano parece dispuesto a dar a Israel 175 millones de dólares para reforzar la "Cúpula de Hierro" que le defiende de los misiles que dispara Hamas. Es bueno proteger a los civiles y por eso sería deseable otro crédito para los hospitales de Gaza, sin medicinas y también repletos de civiles. Pero hoy toca escribir sobre los otros conflictos que asuelan la región.

Durante la Guerra Fría, Oriente Medio estaba férreamente controlado por rusos y americanos y nadie movía un dedo sin su permiso. Al desaparecer la URSS y ensimismarse los americanos en su política interna, se han liberado otras fuerzas que hasta ahora estaban reprimidas por las dictaduras que sustentaban uno u otro, según los casos, y por eso al eterno conflicto israelo-palestino se añaden ahora otros dos con orígenes diferentes pero que se acaban encontrando: la llamada Primavera Árabe y el enfrentamiento entre sunnitas y chiítas. Si el primero opone a árabes y hebreos, los dos segundos enfrentan a musulmanes entre sí. Entre todos amenazan con incendiar una región muy sensible por sus reservas de petróleo y eso, junto con la latente amenaza terrorista, nos impide mirar hacia otro lado aún en medio del desconcierto que provoca la variedad de actores en presencia y sus cambiantes alianzas

La Primavera Árabe ha pasado de la ilusión inicial por librarse de las dictaduras (Ben Ali, Mubarak, Gaddafi..) al desencanto de caer en manos de islamistas por la debilidad de los sectores laicos modernizadores en esos países. Egipto ha regresado al gobierno de los generales (con aplauso americano) después de que los iniciales entusiasmos revolucionarios desembocaran en unas elecciones ganadas por los Hermanos Musulmanes que dieron el gobierno a Morsi, un presidente que quiso islamizar al país a golpe de decreto y provocó una reacción popular capitalizada por el Ejército. Túnez, el lugar que alumbró las revueltas, es el único país que parece ir relativamente bien pues en Libia milicias armadas y conatos de golpe de estado impiden funcionar a la industria petrolera y sus arsenales saqueados alimentan a grupos terroristas desde el Sahel hasta la lejana Nigeria, donde los salvajes de Boko Haram los utilizan para secuestrar a colegialas y poner en jaque al gobierno. Yemen echó al presidente Saleh pero no levanta cabeza, desgajada por luchas intestinas de todo tipo y Siria lleva tres años de una guerra civil que nos tiene desconcertados pues el régimen de Bachar tiene el apoyo de Irán y de la milicia libanesa Hizbollá, considerada terrorista por Occidente, pero también de cristianos, judíos, drusos y chiítas que le ven como un mal menor frente a los rebeldes islamistas sunnitas apoyados por Arabia Saudi y Qatar.

Y es aquí donde las cosas se complican aún más porque entra en escena Irak. Los americanos desvertebraron el país al desmantelar al Ejército y al partido Baath tras una brillante invasión militar seguida de una supuesta reconstrucción nacional que no supieron hacer. El resultado es el actual desastre, agravado por un primer ministro sectario y una retirada americana hecha por razones de política interna sin tomar en consideración la situación del país. De esta forma un escenario caótico en Siria e Irak, países vecinos, ha permitido la eclosión de un fuerte movimiento islamista radical, vinculado en su origen a Al Qaeda, que se apoya en las tribus sunnitas marginadas del poder por los alawitas en Siria y por los chiitas en Irak. Así, las ansias de libertad que están en la raíz de la Primavera Árabe se mezclan con la ancestral lucha entre chiítas y sunnitas por el dominio regional. El resultado es explosivo pues en las "zonas liberadas" de ambos países se ha creado un "califato" reforzado con el dinero y las armas obtenidas al tomar Mosul, la segunda ciudad de Irak. El autoproclamado califa Aubaker al-Bagdadi pone muy nerviosos a todos los gobernantes árabes porque su ambición es el dominio político y espiritual sobre todos los musulmanes y recuperar para el Islam todas las tierras que un día estuvieron bajo sus banderas, como Al Andalus, sin ir más lejos. Preocupante.

Todo esto nos desconcierta porque las alianzas que existían en Siria se invierten en Irak, donde americanos e iraníes van de la mano y apoyan al gobierno chiíta de Bagdad, cosa que irrita profundamente a saudíes, egipcios y cataríes que juegan con fuego al financiar a hermanos sunnitas aliados con jihadistas fanáticos, pero que aún temen más al resurgir de Teherán, el viejo enemigo persa y chiíta, como potencia regional. ¿Alguien da más?

Este contexto de locura colectiva lo aprovechan los kurdos iraquíes para exigir su propio Estado que pretenden financiar con petróleo que Bagdad considera suyo. Es jugar con fuego porque un eventual estado kurdo actuará como un foco de irredentismo sobre otras minorías kurdas (30 millones) y puede acabar desestabilizando a Irán, Armenia y Turquía, igual que las oleadas de refugiados provocadas por estos conflictos pueden desestabilizar a Jordania o Líbano y poner las cosas bastante peor de lo que ya están. En Europa aumentarían quienes vendrían en busca de asilo (ya llegan por millares a las costas italianas) y el riesgo de sufrir ataques terroristas con jihadistas duchos en la lucha armada que regresarán mezclados con esos refugiados. Pintan bastos. Y eso que hemos dejado fuera a la República Islámica de Irán y a su programa nuclear...

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